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Tomates autóctonos de hace 50 años

Un grupo de vecinos y vecinas recupera tres variedades desaparecidas del entorno madrileño hace más de medio siglo.

Tomates autóctonos de hace 50 años
Cesta con tomates autóctonos de los huertos municipales del Casco Antiguo de Rivas. CARLOS MONEDERO

Texto: Álvaro Mogollo

Los huertos urbanos de Rivas han sido escenario de una grata noticia en el ámbito ecológico y agroalimentario este verano: la recuperación de tres variedades de tomate autóctonas ausentes de los campos madrileños desde hace más de medio siglo. Sus nombres: gordo, moruno y antiguo.

Se trata de un proyecto impulsado por el Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural (IMIDRA), que se propuso rescatar el sabor de lo perdido. En el mes de mayo, la institución regional se encargó de repartir los plantones de estas variedades para que fuesen plantadas por distintas zonas de Madrid. Y los huertos urbanos ripenses de la calle del Mirador, cedidos a la ciudadanía por el Ayuntamiento, fueron uno de los enclaves elegidos.

Carlos Monedero, con una parcela en el terreno municipal, explica la evolución del proceso: “Pudimos plantar los plantones tras el confinamiento, aún en la fase 0 de la COVID-19. Y con el trabajo habitual de los tomates, hemos sacado adelante la producción de las variedades autóctonas”. Su intención ahora es extraer las semillas para cultivarlas en los años venideros y evitar una nueva extinción.

“La calidad del producto es alucinante. No tiene nada que ver con los que se ven en el mercado. Incluso la gente que tiene huerto desde hace muchos años dice que no está acostumbrada a esta calidad. Su sabor es increíble”, comenta Carlos.

Otra de las agrícolas implicadas es Silvia Gismera, que coincide sobre el producto cosechado: “La calidad de estos tomates es altísima. Para encontrar algunos equiparables, el precio a pagar es carísimo”. “Aun así, la satisfacción personal de haber ayudado a esta causa está por encima de todo lo demás”, comenta.

La producción ha sido repartida entre amistades y familiares de quienes colaboran en las labores del huerto, para que pudiesen probarlos. El excedente de estas variedades recuperadas ha sido donado al banco de alimentos.

LO COLECTIVO
Trabajar el huerto y contar con una producción propia tiene varias ventajas, entre ellas la socialización, como advierte Silvia: “Nos permite salir un poco al aire libre y, además, hacer un trabajo comunitario con otros vecinos y vecinas, porque hay una parte del huerto que es de todo el mundo”. Carlos incide en lo mismo: “Es reconfortante colaborar con más gente que hace lo que le gusta. Een este caso, con los tomates, ayudamos a recuperar algo que se había perdido”.

“Cuando compras, no controlas la procedencia de los productos ni tampoco sabes cómo se ha tratado la hortaliza. Aquí eso no te pasa, es una garantía. Solo utilizamos agua y sol”, detalla Carlos. La mayor dificultad reside en el control de las plagas, más difícil aún sin químicos. “No pasa nada si se muere alguna planta, porque tenemos muchas de cada tipo. Preferimos esa pérdida a utilizar determinados productos”, expone. El huerto se compone de 20 parcelas, trabajadas por las personas titulares de las mismas más sus ayudantes.

Cultivan una gran diversidad de frutas y verduras como pimientos, melones, calabacines, pepinos, cebollas, berenjenas, habas o lechugas. Quienes bregan agrícolamente reciben una formación mensual, con recomendaciones sobre las plantas más idóneas para cada momento del año y potenciar las variedades locales, aunque tienen libertad para sembrar lo que estimen conveniente.

AUTOABASTECIMIENTO
Trabajar la tierra también les proporciona autoabastecimiento durante algunos meses. “Depende de la época, pero en la etapa de verano, desde principios de junio no compramos verdura hasta finales de octubre”, apunta Carlos. En esa franja anual se producen las mayores cosechas, generalmente alimentos que florecen con mayor rapidez: calabacines, pimientos y tomates.

La plantación invernal mengua, pero también tiene su parte positiva, como cuenta Silvia: “En invierno las plantas necesitan más tiempo y hay menor cantidad, pero se compensa. Por ejemplo, el año pasado cogimos tantas cebollas que no he comprado durante este año”. En los meses del frío, tocan especies que lo resisten mejor: guisantes, cebollas, ajo o espinacas.

El compañerismo es una de las señas de identidad del huerto. La sintonía se aprecia en los intercambios de frutas y verduras, según explica Carlos: “No hay nada establecido, pero como nos llevamos bien, si yo tengo algún producto que otra persona no, los intercambiamos. Igual que con las semillas”. También se comparten pequeñas compras de material o el inicio de los tratamientos ecológicos.

“El huerto era un páramo desierto y ahora está lleno de frutos y flores. Eso es algo muy reconfortante. Es una actividad relajante, y para los que tenemos empleos sedentarios, es una manera de estar en contacto con el medio ambiente”, reflexiona Silvia.

Bien puede aplicarse el dicho popular que sostiene que el trabajo bien hecho da sus frutos. Una labor ardua, y muy satisfactoria, la de los vecinos y vecinas que se sacrifican de forma muy regular por un huerto urbano que ha ayudado a recuperar variedades autóctonas que se habían perdido.

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