Un techo a cambio de trabajo solidario. Un particular trueque que resuelve, por un lado, el primer acceso de la juventud a una vivienda y, por otro, canaliza el compromiso y el talento de jóvenes a través del voluntariado social y comunitario. Hace más de una década que el Ayuntamiento, a través de su Empresa Municipal de la Vivienda (EMV) y en coordinación con los Serivios Sociales lanzó esta iniciativa pionera: destinar un piso de propiedad municipal para que jóvenes con interés en intervenir para mejorar su entorno residieran abonando únicamente los gastos comunes.
Así durante cinco años, tiempo tras el cual se vuelven a seleccionar candidaturas para esta vivienda y se renuevan sus habitantes. A cambio de esta residencia, se pide un compromiso de 10 horas semanales de voluntariado en programas municipales ya en marcha, completando y reforzando el trabajo de los equipos institucionales.
Por ello, entre los requisitos, figura estudiar o haber realizado estudios de disciplinas como de Psicología, Trabajo Social, Magisterio, Educación Social, Terapia Ocupacional, Sociología, Pedagogía o Psicopedagogía, o los ciclos formativos de grado superior de Integración Social, Animación Sociocultural y Turística o Educación Infantil. Además, se deben tener entre 18 y 30 años. Y durante la experiencia reciben acompañamiento profesional, acceso a espacios de coordinación, formación y seguimiento.
Este es el caso de Iara, Ruth e Isabel, las tres últimas habitantes del piso solidario de la EMV, que entraron cuando concluyó la convocatoria anterior, hace justo un año este mes de septiembre. “Yo eché la solicitud en marzo y seis meses después me llamaron para la entrevista. Había hecho las prácticas de trabajo social en el Ayuntamiento, y la trabajadora social me habló de esta iniciativa. No la conocía y lo eché por probar”, explica Isa al otro lado del teléfono, justo antes de marcharse de vacaciones de verano y, con ellas, abrir el parón estival también del programa voluntario.
“Tenemos un contrato de 40 horas al mes que nos distribuimos como queremos. Hay cuatro fijas para los programas Viviendo el barrio y Tejiendo redes, sobre soledad no deseada, [ambos, de la Concejalía de Servicios Sociales]”. “También, a las reuniones con las voluntarias de los proyectos y con el equipo dedicamos dos o tres horas a la semana”, detalla la joven de 25 años.

Isabel muestra la vivienda a la alcaldesa Aída Castillejo durante la grabación de una entrevista sobre esta iniciativa para TVE.
Viviendo el barrio se celebra el último sábado del mes en el parque de Rafael Canogar, junto al cementerio, en Rivas Este. Reúne a vecinas y vecinos de esta zona de Rivas en un entorno lúdico, con juegos familiares o mercadillo de intercambio de objetos. Ahí, las voluntarias preparan con el equipo de la Concejalía las actividades y, el día de la celebración, ayudan para que todo salga bien. “Cargamos y descargamos el material y nos encargamos de las actividades fijas como el pintacaras, la henna o hacer chapas. Otra compañera contabiliza la gente que viene o reparte los tickets para el sorteo”, detalla Isa.
En el caso de Tejiendo redes, la labor se enfoca en el acompañamiento para tratar de combatir la soledad no deseada. “Hay un equipo de cinco mujeres voluntarias y otras cinco que reciben el acompañamiento para paseos, tomar café o hacer por que la gente se conozca. Ruth ha estado en las formaciones que han recibido las voluntarias para obtener habilidades y, también, en las reuniones de seguimiento y de cierre. Yo me he encargado de redactar la programación de las reuniones y dinámicas”, aclara esta estudiante de Trabajo Social que ahora prepara el trabajo de fin de grado,
Así, las tres residentes del piso solidario conjugan sus estudios con la labor social. Vienen de las ciencias políticas, psicología y trabajo social, y tienen entre 26 y 27 años. Cuando concluyan esta experiencia y dejen el piso, habrán superado la frontera de los 30, una edad que a veces conduce a replanteamientos vitales. “En cinco años yo tendré que volver a vivir con mi padre. Con todo la iniciativa se valora y agradece pero me genera esa duda de si en cinco años me cambiará o no mucho la vida” reflexiona Isa.
“Esto es como una pepita de oro, y te dan ganas de quedarte aquí para siempre. El piso está muy bien, amueblado a nuestro gusto, con plantas… Lo hemos hecho hogar. Hemos conocido gente que ha pasado por este piso y lo recuerdan como una oportunidad de poder independizarse. Para las compañeras antes de nosotras este ha sido el lugar desde donde han podido dar el salto para tomar decisiones desde la adultez, de poder irse de casa y de encontrar un trabajo más estable. Es transitorio pero esperemos que sea para ir a mejor”, anhela.
Este programa municipal considera la vivienda como un derecho a garantizar, y no como un bien especulativo, una concepción que rompe con las actuales tendencias de un mercado que ha vuelto inaccesible la emancipación juvenil. “De mi grupo, solo una amiga vive por su cuenta”, abunda Isa. El precio del piso en que residen, según el módulo de vivienda protegida en Rivas, sería de mil euros al mes.
“Mis compañeras y yo tenemos sueldos precarios. Yo trabajo en un comedor escolar. En la vida me habría podido independizar. Y si quieres comprarte algo debes contar cada céntimo con estos sueldos. Estar aquí pagando solo los gastos es un privilegio”, concluye.
El programa sigue en funcionamiento y contempla el refuerzo y ampliación de plazas. Jóvenes con interés pueden apuntarse a la bolsa.
Más información y solicitudes, aquí: becas sociales.


