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El Gato de 5 Patas: ocio y reivindicación

Conoce el relato de personas con funciones físicas, psíquicas o sensorariales diferentes que demuestran a diario su capacidad de realizar cualquier gesta que se propongan.

El Gato de 5 Patas: ocio y reivindicación

La imagen de un gato negro de cinco patas simboliza la lucha de este grupo que reúne a cien personas con diversidad funcional. A Belén, Antonio, Vanesa y Carmen, cuatro integrantes de El Gato de 5 patas, esta entidad les sugiere la palabra libertad, independencia, autonomía, reivindicación y diversión.

«Queremos un ocio libre. Estamos toda la semana ocupadas y cuando llega el fin de semana necesitamos divertirnos y tener amigos, no podemos estar todo el tiempo con nuestros padres», explica Vanesa sin perder de vista el lado combativo: «Ponemos reclamaciones cuando algún sitio no está adaptado. Un día conseguimos montarnos en un autobús al que no podíamos subir por ir con dos personas en sillas de ruedas».

«Necesitamos un ocio libre con amigos para no estar siempre con nuestros padres»

Vanesa, 33 años, es una de las primeras socias de El Gato de 5 Patas. Lleva allí 13 años y ahora pertenece al grupo de mayores en el que tienen autonomía para decidir qué actividades realizar «Estuvimos dos semanas en verano de vacaciones. Decidíamos cada día qué hacer», apunta. «El Gato me gusta porque es mi segunda familia», dice al tiempo que su amiga, Carmen, 24 años, la interrumpe: «A mí me gusta mucho la libertad que tenemos»

Antonio, 17 años, pertenece al grupo de adolescentes y junto a su compañera Belén realizan a diario talleres de radio, revista y arteterapia. Los sábados van al teatro, al cine, la discoteca o algún parque temático. «A mí me encanta el taller de radio y revista», explica Antonio y muestra la revista ‘Sinvergüenza’ que edita el colectivo. Desde que se unió a este grupo ha dejado el aislamiento que sentía años atrás. «Este año he ido a las fiestas de Moratalaz, a Vallecas, a Denia una semana en verano¿ No entro en casa», cuenta alegre este joven con vocación de cocinero.

 Antonio y Belén estudian en el centro de educación María Isabel Zulueta. Este colectivo también cuenta con un programa de integración para la infancia y la lista de espera de gente que quiere unirse cada año es más grande. «Luchamos porque la labor que realizamos se profesionalice. Lo social no puede dejarse siempre al voluntariado», asegura una de las personas de apoyo, Mónica.

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