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La memoria del cementerio de Rivas

Una guerra civil, inundaciones, profanaciones, ahogamientos y epidemias han marcado el relato del camposanto municipal. Esta es su historia.

La memoria del cementerio de Rivas
Puerta principal del cementerio municipal de Rivas. DIARIO DE RIVAS

Texto y fotos: Enrique Villalba / Diario de Rivas

La del cementerio de Rivas Vaciamadrid es una historia de búsqueda de dignidad para los muertos y de un espacio digno para acogerlos. Una guerra civil, inundaciones, profanaciones, ahogamientos y epidemias han marcado el relato de este pequeño espacio que, a pesar de su vocación de lugar de reposo, no ha estado exento de numerosas polémicas y anécdotas en sus 88 años de existencia.

La construcción del actual cementerio de Rivas Vaciamadrid se aprobó durante la breve alcaldía de Catalina San Martín, una comisión gestora que comenzó en diciembre de 1932 y concluyó el 23 de abril de 1933. La infraestructura se construyó sobre una parcela que cedió una familia del pueblo de Vaciamadrid a cambio de un espacio reservado a perpetuidad junto al osario. Según indicó el cronista de Rivas Vaciamadrid, ya fallecido, Agustín Sánchez Millán en su libro ‘Historia de Rivas Vaciamadrid. Mi pueblo’, el desarrollo del nuevo camposanto respondió a la adecuación del municipio a la legislación vigente.

Esta normativa coincidía con la Ley de 30 de enero de 1932, desarrollada posteriormente en un decreto de abril de 1933, que prohibía la inhumación en templos y criptas, y obligaba a todos los municipios a tener un cementerio; articulaba la secularización y municipalización de los mismos, como ya contemplaba la Constitución de 1931; eliminaba la separación de enterramientos civiles y religiosos, y consentía la cremación de los cadáveres (algo que iba contra el dogma católico). La primera persona que utilizó las instalaciones mortuorias lo hizo en 1934, según el único libro de registros que permanece disponible, que es del pueblo de Vaciamadrid, con lo que puede estimarse que la obra de construcción fue de un máximo de un año, aproximadamente.

Hasta ese momento, Ribas de Jarama y Vaciamadrid, las dos poblaciones que conformaban el municipio, contaban cada una con su propia necrópolis, ambas casi incrustadas en sus cascos urbanos. El cementerio de Vaciamadrid estaba prácticamente al lado del actual aparcamiento que está junto al acceso al Soto de las Juntas. Era una de las claves del conflicto vecinal por la propiedad del puente de Arganda del Rey (también denominado ‘puente de la paz’), ya que, como argumentan los vecinos más ancianos del casco histórico de Vaciamadrid, las personas que se ahogaban en el río (especialmente, en una poza limítrofe entre las dos villas) eran enterradas en las fosas de su cementerio, nunca en el de Arganda, lo que, a su juicio, era un reconocimiento por la vía de los hechos y la responsabilidad social de que la propiedad del puente cercano pertenecía a Vaciamadrid y no al municipio vecino.

El nuevo camposanto también tiene reservada un ala para estos ahogados en el Jarama, muchos de ellos inhumados directamente sobre la tierra (con la consiguiente descomposición acelerada de los cadáveres), cuya tumba apenas está señalada con una cruz o un montón de tierra. Los restos del cementerio de Vaciamadrid fueron trasladados al nuevo complejo en los años 40, aunque hubo restos antiguos que no fueron exhumados hasta los años 90, cuando el exalcalde Antonio Serrano los encontró paseando a su perro, tal y como él mismo explicó a Diario de Rivas. Por otra parte, como explicó Rosa Fernández, propietaria del asador ‘La Rosa’, a este periódico digital, su familia obtuvo los terrenos donde se sitúa su local a cambio del vaciado del cementerio de Ribas de Jarama y el traslado de los restos a la nueva infraestructura en los años 40.

LOS MÁRTIRES DE VACIAMADRID

La Guerra Civil dio un protagonismo inesperado a la necrópolis ripense. Durante toda la contienda, según el informe de la Comisión Gestora de la Causa General consultado por este diario, 228 personas murieron en el municipio, la gran mayoría de las cuales fueron fusiladas (215 solo en la noche del 4 al 5 de noviembre de 1936, con disparos en la cabeza y el tórax) en las tapias del cementerio, por los milicianos responsables del traslado de presos. Todas ellas fueron enterradas en tres fosas comunes, cuyas zanjas habían sido encargadas, según José Antonio García-Noblejas, por el gobernador civil de Madrid, Carlos Rubiera, al alcalde de Rivas Vaciamadrid.

La historiografía sobre el hecho es controvertida, pues no hay acuerdo sobre la responsabilidad política de las muertes, ya que existía una orden gubernamental de traslado desde el 1 de noviembre de 1936 sin especificar dichos homicidios, pero la ejecución en algunos casos pudo deberse, según algunos autores, a la incapacidad de control de las milicias por parte del Ejecutivo de Francisco Largo Caballero y las Juntas de Defensa; y, por el contrario, según otros historiadores, a la orden directa del ministro de Gobernación, Ángel Galarza, o del comisario político soviético Mijaíl Koltsov. Se trataba, en su mayoría, de presos de las cárceles madrileñas de San Antón y Porlier, la de Velilla de San Antonio (según testimonios de vecinos de Vaciamadrid que vivieron el período, estos fueron los más numerosos) y Montejo.

Tras la contienda y hasta bien entrados los años sesenta, se hicieron homenajes a los considerados por el franquismo como ‘mártires de Vaciamadrid’, a los que se dedicó un monumento y un espacio concreto a la entrada del camposanto. Hoy día, aún pueden observarse en el cementerio de Rivas los restos del altar, que sufre el efecto de los años y del abandono. En enero de 1964, se desenterraron los cuerpos y se trasladaron al cementerio de Paracuellos del Jarama. Mientras tanto, el Ayuntamiento destinó dos mil pesetas en 1939 para reparar los destrozos de la guerra.

Y llegaron los árboles. Según el exalcalde del municipio, Antonio Martínez Vera, vecino desde 1950, cuando se trasladó con su madre, la profesora Mercedes Vera (que dará nombre al siguiente colegio que se construya en el municipio), los primeros cipreses del cementerio fueron plantados en esos años. Este dato coincide con lo recogido en un acta consistorial del 9 de noviembre de 1955, disponible en el Archivo Municipal de Rivas Vaciamadrid, que indica la plantación de cipreses en el interior de la instalación y en el camino a la misma; en la que también se inscribió el cementerio en el registro de la propiedad y en el inventario municipal. Seis años después, se llevaron a cabo reparaciones en la infraestructura por valor de 46.176 pesetas.

En 1952, el Consistorio adquirió una caja fuerte forrada de zinc para trasladar los cadáveres de los ahogados en el río al cementerio porque, hasta entonces, esta operación se hacía en condiciones muy precarias de salubridad y, en ocasiones, con los muertos a la vista de los viandantes, tal y como recuerdan algunos vecinos de la época.

CADÁVERES FLOTANTES

La siguiente intervención de calado en el camposanto se produjo en 1976. Juan José Castell, presidente de la asociación de vecinos del Casco antiguo, que lleva 70 años viviendo en el municipio, fue una de las personas que participaron en los trabajos. “El terreno de Rivas tiene muchas aguas subterráneas y hubo que intervenir en el cementerio con vecinos del pueblo para impermeabilizar las tumbas porque, cuando se abrían sepulturas para trabajar, los ataúdes y los cadáveres aparecían flotando. Así que pusimos cimiento de piedras para evitar las filtraciones”, narra.

Esta cantidad de aguas subterráneas es el motivo por el que solo se pueden introducir tres cuerpos en la misma sepultura, frente a los seis de otros municipios, ya que, si se excavase más hondo de esa profundidad, los féretros acabarían bajo el agua. En 1986, el albañil que trabajaba para el Ayuntamiento construyó los primeros nichos en dos estructuras techadas para aumentar la capacidad.

En agosto de 1993, hubo pequeños destrozos y pintadas en el complejo mortuorio, y una mujer que había ingerido 40 pastillas intentó suicidarse metiéndose dentro de una tumba y prendiéndose fuego. Este suceso fue solo el precedente del conflicto que estaba por venir poco después y que catapultó al camposanto a la prensa nacional. El 10 de diciembre, poco después de la construcción de dos nuevas paredes de nichos al aire libre —ya que la capacidad de la infraestructura estaba a punto de agotarse—, un ciclista dio la voz de alarma en el pueblo.

El equipo de Gobierno de Rivas acudió con linternas a las ocho de la tarde al complejo, aún envuelto entre la niebla otoñal. Según el informe de daños presentado en los Juzgados de Arganda del Rey, y consultado por Diario de Rivas, 89 sepulturas resultaron dañadas: lápidas destrozadas, imágenes decapitadas, cruces invertidas, cenizas esparcidas, floreros rotos, cuerpos humanos al descubierto y pintadas que rezaban ‘anticristo’ o ‘heavy metal’, escritas con pintalabios.

Documentos correspondientes a Causa General del A.H.N.Subdirección General de los Archivos EstatalesMinisterio de Cultura.España

MANIFESTACIONES OPUESTAS

La noticia tuvo un impacto emocional muy fuerte en el casco antiguo de la ciudad. La mayoría de las tumbas afectadas (algunas tuvieron que ser tapadas con plásticos para proteger los cadáveres de la lluvia, a la espera de las reformas) eran de familiares del vecindario. La Policía Local y, sobre todo, la Guardia Civil, iniciaron una investigación entre los jóvenes del municipio, en la que determinaron 17 sospechosos, la mayor parte estudiantes de Bachillerato del instituto Las Lagunas y vecinos de las urbanizaciones colindantes. El 22 de diciembre, la Benemérita detuvo a cinco menores de entre 15 y 17 años por los destrozos (uno de ellos, cuando recogía las notas de la primera evaluación en el instituto), entre ellos, el hijo del exalcalde Eduardo Díaz, que denunció “precipitación y palos de ciego” en la intervención de los guardias.

Fueron interrogados hasta la madrugada en el antiguo cuartel del puente de Arganda. Según algunas fuentes consultadas en hemeroteca, estos admitieron ante el juez su autoría, lo que derivó en que la Policía Judicial continuase sus pesquisas en búsqueda de nuevos sospechosos. Según otras, el magistrado puso en libertad a los menores y no se les impuso ninguna condición. Uno de los acusados denunció ante el juez maltrato de los guardias civiles al intervenir en su detención. De tal forma, se constituyeron dos plataformas de signo contrario: la de Jóvenes contra la Represión (pretendía “protestar por los abusos de autoridad de la Guardia Civil en sus actuaciones con motivo de las detenciones de los presuntos autores de destrozos del camposanto”) y la de Damnificados por el Cementerio Municipal, que protestaba por los destrozos y pedía justicia para con sus muertos.

PP, PSOE y el Grupo Independiente de Rivas hicieron llamadas a la calma en un comunicado y abogaron por que se pudiera desarrollar la investigación, y defendieron las libertades y el cumplimiento de la legislación en la intervención de las autoridades. Izquierda Unida leyó un manifiesto en Covibar, mientras que el Gobierno municipal no se decantó por ninguno de los dos bandos, tal y como recogió en su momento la revista ‘Este de Madrid’.

El entonces alcalde, Antonio Serrano, explicó a Diario de Rivas que los muertos eran de gente del casco histórico. Y los chavales y sus familias eran los otros, los de las urbanizaciones, que eran considerados ‘de fuera’. Que viniera gente ‘de fuera’ a hacerles una faena en el cementerio les llenó de indignación; pero que los detenidos, menores de edad, pasasen la noche en el calabozo, hizo que el pueblo se dividiera. Ese día se produjeron dos manifestaciones: unos a favor de la Guardia Civil y de castigo al culpable, y otros en contra de las tropelías de los agentes”, recuerda Serrano.

Las calles de Rivas Vaciamadrid fueron testigos, de esta forma, de una protesta contra la Guardia Civil, “promovida por los estudiantes y apoyada por el ayuntamiento. Fuera del País Vasco nunca había ocurrido algo así”, recuerda Pedro del Cura, actual alcalde de Rivas, que en aquellos tiempos estudiaba en el instituto Las Lagunas. “Yo, como alcalde, me quedé en mi despacho. Intenté tender puentes de diálogo”, narra, por su parte, Antonio Serrano.  Tal y como publicó la entonces reportera de ABC para Rivas Vaciamadrid y actual reina de España, Letizia Ortiz, los destrozos tuvieron un coste cercano a los 20 millones de pesetas, que corrieron a cargo del Ayuntamiento.

DE CATÓLICO A MUNICIPAL

Con el nuevo siglo, llegó a Rivas el ‘boom’ de la construcción y surgieron alrededor del cementerio numerosos bloques de pisos. El espacio mortuorio fue, de esta forma, absorbido por la inercia urbana, perdiendo su camino de cipreses y quedando como un monumento al pasado en medio de un parque. A principios de los 2000, “se plantaron arizónicas en el perímetro del cementerio para hacer un vallado perimetral y también se hicieron unos grafiti para ilustrar las paredes, primero de aficionados y, luego, de profesionales”, explica Luis Altares, actual concejal del PSOE que, entre otras responsabilidades, gestionaba el cementerio de Rivas como funcionario municipal entre 1985 y 2007.

La Asociación Laica de Rivas Vaciamadrid inició su actividad en 2006 promoviendo, entre otras medidas, el cambio en la denominación del espacio de último descanso de los ripenses. “Comunicamos al Ayuntamiento la anomalía que suponía una placa que indicaba que se trataba de un cementerio católico, en vez de un cementerio municipal. El cambio de denominación fue inmediato y, desde entonces, se puede hablar como tal de cementerio municipal”, especifica Fernando Arias, presidente de dicha entidad.

Dos años después, la gestión de la infraestructura, siempre municipal, pasó a la Concejalía de Salud, que ordenó la penúltima ampliación del recinto e inició la ardua tarea de digitalización y organización mediante base de datos del cementerio. En la década siguiente, se instalaron dos nuevas paredes de nichos prefabricadas y se aprovecharon huecos para instalar en dos fases los primeros 97 columbarios de la ciudad. De tal forma, se alcanzó la máxima capacidad del cementerio con 1.800 unidades de enterramiento.

ENTERRAR AL PERIQUITO

En 2016, un informe municipal, basado en las previsiones del Plan General de Ordenación Urbana de Rivas Vaciamadrid de 2003, indicó que el cementerio se saturaría en 2019. Mediante algunas medidas de ampliación, podía extenderse su uso hasta agosto de 2020, aunque, en todo caso era un hecho inminente, tal y como reflejaban distintos estudios municipales. De ahí que fuera necesario buscar un nuevo espacio para este desempeño, ya que el cementerio de Rivas se había quedado pequeño ante el crecimiento acelerado de población que había tenido la ciudad entre 1980 y la actualidad, rozando ya los 100.000 habitantes. El proyecto de nuevo cementerio-tanatorio fue declarado de utilidad pública en diciembre de 2017 y, veinte meses después, el asunto regresó al Pleno.

Inicialmente se planteó, con el apoyo por unanimidad de todos los grupos políticos, que debía construirse un nuevo camposanto en una parcela no protegida del Parque Regional del Sureste que había sido expropiada por el Ayuntamiento. Estaba previsto que contase con espacios reservados para las principales religiones, para los enterramientos laicos y para animales de compañía. Y es que, meses antes, un vecino había intentado enterrar un periquito en el cementerio y, para desenterrarlo, tuvieron que personarse policías, guardias civiles, médicos forenses y operarios municipales por si acaso se tratara de restos humanos de algún luctuoso suceso, además de un tanatorio.

No fue la única anécdota de esta época: según fuentes municipales, un estudiante de Medicina se personó con una bolsa de huesos humanos que habían sido utilizados en clases de anatomía con la intención de que el Ayuntamiento de Rivas les diese una digna sepultura. La Guardia Civil fue quien, finalmente, se hizo cargo de los restos. En 2017, la Benemérita también esclareció un robo de crucifijos en el cementerio de Rivas, cuyo autor fue detenido con 20 piezas de metal en su maletero por los agentes tras una persecución hasta la Cañada Real.

El coste del nuevo cementerio, su baja rentabilidad para la iniciativa privada (Rivas Vaciamadrid, al ser uno de los municipios más jóvenes de Europa, tiene entre 200 y 250 fallecidos al año y solo una media de 50 inhumaciones) y el inicio del procedimiento de cambio de lindes con Madrid para facilitar el ordenamiento territorial de la zona de la Cañada Real descartaron esa opción. De tal manera, el Consistorio ripense tuvo que tomar una medida de urgencia para evitar la saturación y llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de San Fernando de Henares para que los vecinos ripenses pudieran enterrarse y recibir todos los servicios funerarios en el camposanto de esa localidad en las mismas condiciones que lo hacen en este municipio, incluyendo enterramientos bajo tierra si así lo desean, que no se encuentran disponibles en Rivas. El 23 de marzo de 2018, abrió en Rivas el primer (y hasta ahora único) tanatorio de la ciudad, fruto de la iniciativa privada, con cuatro salas de velatorio.

De nuevo, en noviembre de 2019, el cementerio de Rivas Vaciamadrid saltó a los titulares cuando el Gobierno municipal se ofreció a acoger el memorial por las víctimas del franquismo que retiró de La Almudena de Madrid el Ayuntamiento capitalino. La propuesta fue rechazada por el Consistorio madrileño, que preveía hacer un nuevo memorial de víctimas por razones políticas y religiosas.

Con la llegada del coronavirus, el alcalde del municipio, Pedro del Cura, aprobó por decreto el 29 de abril de 2020, por la vía de urgencia, la construcción de 200 nichos y columbarios para responder a la demanda, ampliando dos de las salas dedicadas a tal efecto, a costa del parque limítrofe. En ese sentido, el 8 de mayo, el Ayuntamiento taló doce arizónicas anexas a la tapia, marcó los nuevos límites de la ampliación del camposanto (lo que, al invadir la vía rodada que recorre el parque anexo al cementerio, supondrá una reorganización de los espacios de la zona) y adjudicó los trabajos, ya muy avanzados, a la empresa Prefabricados Agarda el 3 de junio por 109.021 euros. Fue el primer paso para una ampliación que pretende dar una nueva vida al lugar que ofrece su último descanso a los ripenses.

 

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