Rosa compartía las aguas curativas de Capa Negra con el Conde de Romanones. Carlos recuerda el croar de ranas que se escuchaba en la charca permanente de la parcela que hoy ocupa el metro de Rivas Futura. Juan José recogía a niñas y niños de las fincas agrícolas con su coche para que pudieran ir al colegio. Tina añora el sabor de las gachas que hacía su vecino Domingo. Nieves destaca la dureza de bajar al río a lavar la lana de los colchones cada primavera. Un río en cuyas orillas vio Jorge, por vez primera, a una mujer en bikini, cuando tenía 12 años, y se quedó “pasmado”.
Son retazos de vida de otro tiempo, cuando las rutinas discurrían a fuego lento y era normal dejar en la calle juguetes o tendederos. Los recuerdos de la población ripense más veterana conducen a lugares extraordinarios desde la mirada actual, y arrojan una fotografía de ciudad desconocida para quienes la habitan desde hace poco. Por eso, con el objetivo de contar “cómo era antes Rivas Vaciamadrid”, cómo se han logrado los recursos que ahora se disfrutan y compartir con sus vecinas y vecinos el anecdotario del pasado reciente, un grupo vecinal surgido la Asamblea de Barrio Este promovió la creación de la Comisión de Memoria de Rivas Vaciamadrid.
Formada en su origen por una quincena de miembros y muchas ideas, al final fraguó una, realizada entre tres integrantes de la Comisión: entrevistas a mayores con más de tres décadas de residencia en el municipio. Rosa Puig, Carlos Gil y Tina Sánchez son las tres personas que han hecho realidad este proyecto de memoria. Ejerciendo una labor de periodismo ciudadano, durante casi un año se han visto con 14 ripenses. Se sentaron a charlar durante horas con ellas y ellos. Transcribieron esas conversaciones, extractaron las partes más relevantes y reunieron un puñado de fotografías. Además, habilitaron un formulario web para que, quien quisiera, compartiera episodios del pasado local.
Carlos, Rosa y Tina firman la autoría de las 14 entrevistas a ripenses que se han transformado en una exposición
Ahora, el fruto de ese trabajo podrá verse en una exposición durante las fiestas por el 66 aniversario del Casco Antiguo (18 y 19 de julio, en la plaza de la Libertad). Un avance de la misma se puede ver en este reportaje. Y Rosa (64 años) espera que, más adelante, cristalice todo en una publicación. “Me hace mucha ilusión que la gente sepa todo lo que pasó aquí”, reconoce. Ella es vecina de la urbanización Pablo Iglesias desde 1982. Funcionaria del Ministerio de Cultura, llegó al oeste ripense con 22 años a una casa en obras “con el cemento fresco”, que se levantaba sobre calles embarradas llenas de “obreros con carretillas y maquinarias”. En ese primer invierno, “el peor de mi vida”, recuerda, le reconfortaba la única ventana con luz que atisbaba desde su casa, cada noche, en mitad del silencio y de la densa oscuridad. “Allí vivían Manolo y Loli, y me hacía sentir bien saber que había alguien más ahí”, expresa la vecina, que también ha compartido su testimonio para la exposición.
Por su parte, Carlos (66 años), jubilado de Iberia, donde trabajó como coordinador de vuelos y que reside cerca del auditorio Miguel Ríos, detecta cómo mucha gente de su zona desconoce la historia de movilización social que caracteriza a la ciudad. “No saben cómo se ha conseguido esto, a base de mucho trabajo y de la lucha de mucha gente”.

Un esfuerzo que se visualiza de forma explícita en las múltiples protestas que protagonizó la población pionera del oeste ripense: contra las basuras, por tener colegios, por transformar la carretera de Valencia, de tres carriles (el del medio, reversible) en una autovía, por la mejora del transporte, etc. “Desde la necesidad empezó a surgir la solidaridad. Siento que Rivas la hemos hecho parte de los que llegamos sufriendo”, apunta Rosa. “Lo que más valora la gente que hemos entrevistado es la solidaridad y el asociacionismo, eso lo ponen en relieve todo el tiempo. Se ha luchado mucho y ha quedado ese germen en una generación que no se quiere ir de Rivas”, añade. “Todo se ha conseguido a base de lucha y activismo”, abunda Carlos. “Con muchas manos voluntarias”, remata Tina (71 años), que es consejera de barrio Este.
UNA CIUDAD: DISTINTOS NÚCLEOS
Que este pueblo siempre fue “atípico y peculiar” ya lo expresaba Agustín Sánchez Milán, cronista ripense que reunió la historia local en su libro ‘Rivas Vaciamadrid. Mi pueblo’. Ahí documenta cómo la denominación actual surge de la unión de dos municipios, Rivas del Jarama y Vaciamadrid, en 1845. Las formas de vida, agrícolas y ganaderas se daban en fincas al otro lado de la carretera de Valencia. Hasta 1959, cuando se inaugura la nueva trama urbana, en la zona hoy conocida como el Casco Antiguo. 33 años después, y separadas por 4 kilómetros, Rivas Vaciamadrid empezó a crecer por su vertiente oeste, con la construcción de dos urbanizaciones promovidas por cooperativas de viviendas de UGT y de Comisiones Obreras, idea del urbanista Armando Rodríguez Vallina.

“Por un lado está la gente que venía del campo, por otro, cooperativistas de Pablo Iglesias y Covibar. Eran dos mundos”, apunta Carlos. Y ese abrazo que une el este con el oeste fue alumbrando la actual Rivas Vaciamadrid. De los 582 habitantes en 1981, a 101.000 este 2025. Un viaje de pueblo a ciudad protagonizado por el patrimonio más importante, la gente. Vecinas y vecinos que, tal y como pensó Armando Rodríguez Vallina, urbanista ideólogo de Covibar y Pablo Iglesias, levantaron una urbe liderando su progreso social y colectivo.
“Somos una ciudad pueblo que tiene algo de privilegio. Somos diferentes. Rivas es un paraíso”, concluye Carlos. “Llegamos gente con otra conciencia y esos privilegios los logramos entre todos”, resuelve Rosa.
Extracto de la entrevistas realizadas por la Comisión de Memoria de Rivas Vaciamadrid entre finales de 2024 y mediados de 2025
Alberto y Silvia Moreno, (59 y 58 años). Ferreteros. Zona de Pablo Iglesias. “Al principio todo era campo y había pocos coches. De pequeño, con mi padre, veníamos a pasar el día por aquí, a cazar pájaros, que entonces estaba permitido. Desde Vallecas esto nos parecía el fin del mundo”. “Recuerdo que había mucha distancia entre las dos únicas urbanizaciones y el pueblo de Rivas Vaciamadrid. Usaba la bicicleta y disfrutaba mucho yendo hasta el pueblo por aquellos caminos que comunicaban”.
Ángel de la Vieja (74 años). Cooperativista de Covibar. “No hay algo igual en el resto de Europa como Covibar, un sistema autogestionado por los propios cooperativistas desde el inicio, donde todos los locales son operados por socios, donde funciona el deporte, la cultura y otros menesteres. Todos los locales pagan una cuota, un alquiler a la cooperativa, pero no se pueden vender. Todas las aportaciones son en beneficio de los propios socios”.
Carmina Rojas, derecha, (84 años). Vecina del Casco Antiguo. Nacida en la finca de El Porcal en 1941. “Me acuerdo mucho de la finca de El Porcal. Un día salté con mis amigas la puerta de hierro que cerraba las huertas y que terminaba en pinchos, para robar fresas que había plantadas, y ¡me rajé el vestido! Menudo disgusto. Me fui corriendo a casa de mi tía Elisa para que me lo cosiera y que no se enterara mi madre. Éramos unas chiquillas traviesas”.
Jorge Cardiel (75 años). Vecino de la urbanización Pablo Iglesias. “Cuando vine a Rivas para mí era el paraíso porque fue mi primera vivienda en propiedad. Ya lo conocía de antes, pues de pequeño venía con mis padres a bañarme en el río en el autobús de la compañía López Morcillo. Había un sitio que era una maravilla, de arena muy blanca, y aquí con 12 años, por primera vez, vi en bikini a una chica, y me quedé pasmado”.
Juan José Castell (91 años). Vecino del Casco Antiguo. “Antes todo era campo y fincas de trabajo. La gente venía a bañarse por aquí y hubo muchos ahogados. Venían a lo loco y debajo del puente había un remolino muy peligroso. Los de Madrid y Vallecas que venían no eran conscientes”.“Al principio traíamos el agua del río Jarama. Con carros y mulas cargando los cántaros. Era todo muy duro. Además, por aquella época había muchas riadas”.
Lucía y Luisa Villegas (66 y 67 años). Vecinas de la zona de Pablo Iglesias. “Un día escuché jaleo en la planta baja, en el salón, mientras me duchaba. Estaba sola en casa y me asusté. Bajé las escaleras en albornoz y allí estaban cuatro operarios haciendo chapuzas. Pegué un grito, y me explicaron que estaban instalando los enchufes, y es que los obreros tenían llave de las casas, para seguir haciendo remates. Desde aquel día puse un cartel en la puerta: ‘Casa habitada. Por favor, llamar’. Como si fuera un hotel”.
María Olmo. Vecinas de la zona de Pablo Iglesias. “Al llegar sentía algo similar a lo de Mayo del 68 pero en Madrid. Éramos gente joven en su inmensa mayoría. Pablo Iglesias estaba promovido por UGT y Covibar por CCOO. Éramos gente muy vanguardista, con muchas ganas de hacer de todo y con muchas ilusiones, que procedíamos de esa generación de la transición con los últimos años del franquismo detrás”.

Mercedes de Diego y José de Luna de Diego, ‘Josete’. (76 y 39 años). Zona de Santa Mónica. “Al poco de llegar aquí recuerdo un día de invierno donde mis hijos se acercaron a decirme que se oía a alguien pedir socorro. Entonces teníamos un perro y me fui con él por el campo a ver qué pasaba. De repente veo dos figuras a lo lejos. Era una pareja que se había caído en una ciénaga y no podían salir. Fue muy surrealista”.
María Amparo Martín (67 años) y Rubén Sanz (40 años). Madre e hijo. Urbanización Pablo Iglesias. Rubén: “Un día apareció un lagarto enorme detrás de casa. Lo cogimos y lo soltamos por el campo. Mi padre nos echó la bronca. ¡Con lo ricos que están los lagartos!, dijo. Antes era habitual comer lagarto y por aquí, en 1982, había muchos”. María: “Había un ambiente muy bueno y sano. Éramos todas familias jóvenes de pioneros. Los críos estaban en la calle y nosotros charlando y conociéndonos”.
Francisco de Pablo Tamayo, exalcalde, y María Teresa Sanz (80 y 76 años). Zona de Pablo Iglesias. “Como en Pablo Iglesias aún no teníamos administrador, íbamos cobrando con una caja por las casas. Las asambleas de la mancomunidad eran un guirigay. Un follón. Un grupo quería ir contra la cooperativa y centrarse en los problemas que nos habían dejado. Y otro queríamos que la mancomunidad funcionara como tal y dábamos prioridad a eso”.
Pilar Alcover y Javier Navascúes (80 y 77 años). Zona de Pablo Iglesias. Javier: “Esto era un erial, no había nada. No había autobuses, solo nos ayudábamos con el coche unos a otros. En el hotel Claridge, de Conde de Casal, nos poníamos con un cartel, ‘A Rivas’, y parábamos todos. Ahí empezó a gestarse el ambiente solidario que fue creciendo poco a poco”. Pilar: “La mayoría de los grandes árboles que hay en Rivas los plantamos los vecinos porque aquí no había absolutamente nada”.
Rosa Fernández Molinero (76 años). Zona del Cristo de Rivas. “Capa Negra era un manantial debajo de unas rocas. Ahí estaba el Conde de Romanones porque tenía psoriasis y decían que esas aguas eran medicinales. Nos metíamos al baño cerca de él. El conde iba con su chófer en un coche antiguo, negro, se cambiaba y con su bañador se iba metiendo en el agua de la gruta, que estaba verde, casi negra, pero salías con la piel toda blanca, como si tuviéramos harina. Esta finca pertenecía a la Condesa de Montarco, que lo mandó tapar, cosa que nos disgustó mucho porque nos gustaba ir a bañarnos a esa cueva”.
Teodoro Asenjo. Vecino del Casco Antiguo, falleció el pasado marzo, con 101 años. “Antes no había nada: campos de cebada y trigo, con algunos hombres arando. Todo lleno de conejos, cardos y piedras de yeso. Ha cambiado mucho el transporte, que antes era un desastre. Entonces estaban Pascual y el tío Agustín, y había muy pocos autobuses. Yo trataba mucho con ellos”. “Donde está ahora el centro comercial Rivas Centro había un descampado. En fiestas, en 1984, me encontré un vaso lleno de pesetas. Me encontraba mucho dinero por la calle. Se pagaba menos con tarjeta”.
Rosa María Puig (64 años). Zona de Pablo Iglesias. “Había una gran charca detrás de casa, llena de ranas que daban un concierto maravilloso en las noches de verano. Era un placer. Grillos, culebras, sapos y el rebaño de ovejas que pasaba todas las tardes por donde ahora está el colegio El Parque”. “No quisiera olvidar a Eduardo, el médico, a Jesús, el veterinario, Matilde, la farmacéutica, María, la maestra, Agustín, el conductor del primer autobús, ni a Santos y Goyo, de los primeros policías municipales. Nos aportaron su experiencia en los primeros años y nos acogieron con cariño”.



