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Catherine L’Ecuyer, experta en infancia

Autora del libro superventas 'Educar en el asombro', impartió una charla en Rivas en las jornadas sobre crianza respetuosa de 2016.

Catherine L'Ecuyer, experta en infancia

AVISO: entrevista publicada en el ‘Rivas al Día’ de noviembre de 2016, antes de que L’Ecuyer visitara Rivas, el sábado 26 de noviembre, para impartir una conferencia titulada ‘Educar en el asombro’.

Entrevista: José L. Corretjé.

La educación de los niños y niñas a menudo se concibe como un ejercicio que consiste en llenar su cerebro ‘virgen’ de toneladas de conocimientos. Esta práctica suele venir acompañada, en los últimos años, de la entronización de la tecnología como facilitador del aprendizaje.

La entrevistada defiende por el contrario el uso del juego, la experiencia sensorial y el fomento de la capacidad del menor para asombrarse. Catherine L’Ecuyer, quien reside en Barcelona desde hace años, llega a Rivas el sábado 26 de noviembre para impartir la conferencia ‘Educando en el asombro’, que forma parte de las actividades programadas por el Ayuntamiento para la iniciativa ‘Noviembre: la infancia por derecho’.

El fracaso escolar es primo hermano de la falta de motivación. ¿Cómo cambiar esta tendencia?

La palabra motivación se ha puesto de moda, pero resulta importante definirla. No es lo mismo la motivación interna que la externa. La motivación externa se refiere a estímulos que proceden de fuera del alumno (castigos, recompensas). La motivación interna habla de un deseo que nace en el interior del niño. El deseo de conocer es el asombro. Y el asombro se respeta, no se inculca.

¿Cómo?

Desde la infancia, a través del juego libre, del contacto con la naturaleza, con la belleza, del respeto por los ritmos, por las etapas de la infancia.

¿Cuál debería ser la labor del docente en el aula en las edades más tempranas?

Es preciso cambiar el paradigma conductista y mecanicista que existe actualmente en la educación infantil. El niño no es un cubo vacío al que vamos echando información como si fuera un ente pasivo. Es una persona con deseo. Si nos fijamos atentamente, nos daremos cuenta de que el niño se despierta cada mañana con un deseo de entender el mundo y de entenderse a sí mismo dentro de ese mundo. María Montessori hablaba de «inercia irresistible». Lo que ocurre es que hay que rodearle de belleza para que su asombro encuentre motivos para ponerse en marcha. Lo que asombra es la belleza.

¿Qué es la belleza?

Los griegos decían que la belleza es «la expresión visible de la verdad y de la bondad».

¿Qué es bello para un niño, para una niña?

Todo aquello que respeta la verdad y la bondad de su naturaleza. Sus ritmos, las etapas de la infancia. Las etapas y los ritmos interiores de los niños no son los nuestros. Por ejemplo, los niños tienen una cualidad preciosa que es que viven en el presente con una intensidad fuera de lo común. Vivir con intensidad el «ahora» es prestar atención. La atención es clave para el aprendizaje.

¿Qué propuestas nos ayudarían a mostrarles cómo es el mundo real desde una experiencia directa?

Los niños aprenden a través de los cinco sentidos, en contacto con la realidad, no con un bombardeo, perfectamente diseñado, de estímulos externos. Tocar la tierra húmeda o mordisquear y oler una fruta deja una huella en ellos que ninguna tecnología puede igualar. Todo lo que los niños tocan, huelen, oyen, ven y sienten deja una huella en su mente, en su alma, a través de la construcción de su memoria biográfica que pasa a formar parte de su sentido de identidad.

¿El juego puede ser un buen inicio para despertar la curiosidad? ¿Qué tipo de juego?

Por supuesto. En el juego desestructurado, el niño «se pone en marcha». Justo lo contrario de lo que ocurre ante una máquina con pilas y botones en la que es el juego el que se pone en marcha, no el niño. Los estudios asocian el juego desestructurado con un buen desarrollo de las funciones ejecutivas (planificación, atención, memoria de trabajo, etc.) que son claves para el éxito académico del alumno.

¿Dónde cree que nos llevará ese empeño del sistema educativo de meter desde edades muy tempranas muchos contenidos, el bilingüismo o el uso de las tecnologías?

La etapa infantil no es una etapa de educación formal. Pero no por ello, es mejor. De hecho, la obsesión por adelantar etapas, cargar a los niños de deberes y de extraescolares viene de una serie de neuromitos.

¿Qué son los neuromitos?

Malas interpretaciones de la literatura en neurociencia aplicada a la educación. Ejemplos de neuromitos: «Solo usamos el 10% de nuestro cerebro», «tenemos una inteligencia ilimitada», etc. En base a eso nos hemos creído que el niño era una esponja y que había que bombardearle de información para conseguir una buena educación. Eso nos llevó al paradigma conductista del cubo vacío del que hablaba antes.

¿Qué consejo daría a un padre, a una madre?

No soy partidaria de la industria del consejo empaquetado que nos dice en todo momento lo que hemos de hacer para que nuestros hijos «obedezcan», «coman» y «duerman». Prefiero ir a los «porqués» y «paraqués» de la educación. Hemos de redescubrir la sensibilidad que nos permite conectar con lo que necesitan nuestros hijos, con lo que reclama a gritos su naturaleza, con lo que es bello para ellos. Y para llegar a tener esa sensibilidad hemos de mirarles a los ojos. Hoy mismo miremos a cada uno de nuestros hijos con esa mirada atenta. Esa mirada, como decía Simone Weil, «en la que el alma se vacía de contenido propio para recibir al ser al que está mirando tal cual es, en toda su verdad».

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