- Esta crónica la ha escrito, de su puño y letra, la juventud ripense que ha participado en el campo de trabajo en Palestina de 2025: Malena, Irene, Ainhoa, Olmo, Andrea, Manuel y Lucía.
El campo de trabajo es un proyecto llevado a cabo gracias al Ayuntamiento de Rivas y Pallasos en Rebeldía, en el que todos los años la juventud ripense tiene la oportunidad de viajar a Palestina con el objetivo de acercarse a su memoria, su historia y su presente. Motivadas por la necesidad de comprender de cerca y solidarizarnos con lo que está ocurriendo, nos embarcamos en este viaje.
DÍA 1. LA LLEGADA
Suena el despertador. Pasaporte, cartera, maleta, repite conmigo: “Turismo”, “no conozco a nadie”, “voy a visitar Tel Aviv con mis amigas”. Que no se note que nos da rabia pisar vuestro aeropuerto lleno de azul y estrella, lleno de personas llenas de nada.
Llega la frontera y somos conscientes de que es la peor parte, mentir a un sionista en una cabina, sabiendo que lo que estás a punto de hacer no es malo. ¡Hemos entrado! Respiramos. Nos recogen varios taxistas y observamos desde la ventana un escenario de terror, asentamientos de colonos y check points. Hablamos con el conductor en un inglés torpe, pero con mucha intención. Nos cuentan que los colonos han asesinado a un palestino hace 20 minutos. Como predijo el sionista de la cabina: ‘Enjoy Israel’.
DÍA 2. ESTRUENDO EN NABLUS
Nos levantamos y todavía resuenan las palabras de la noche anterior: “Si escucháis disturbios, ni se os ocurra asomaros a la ventana”. Primer día en Nablus. Recorremos la ciudad de camino al primer colegio en el campo de refugiados de Al Ain. A la entrada, un cartel nos recuerda: ‘Las armas no están permitidas en el interior’, como si alguna de nosotras fuese uno de esos colonos que llevan el fusil colgado para ir a comprar el pan.
De repente, silencio. Un estruendo corta el aire y, por unos segundos, todo se detiene. Nos quedamos quietas, mirándonos entre nosotras y buscando en las caras ajenas una señal que nos confirme que está todo bien. La vida sigue, como si nada.
“Apenas pueden decidir su futuro. Cada día es una incógnita. No saben si dormirán bajo el mismo techo, serán detenidos o asesinados”
Más tarde, nos subimos al bus rumbo a Burqa. Mientras avanzamos, nos cuentan que ha habido más de 200 asentamientos nuevos desde el 7 de octubre. La colonización se ve en todas partes: están aquí.
DÍA 3. NABLUS VIVE
Llega un nuevo día de espectáculo y juego. Las estudiantes que ayer observaban desde el otro colegio hoy se unen a nuestra comitiva. Es un día distinto: personas desconocidas que, a pesar de que no hablan su lengua, no suponen ninguna amenaza para ellas. Hay ruido, del bueno, el que pertenece a la infancia. La alegría se refleja en sus rostros cuando agitan el paracaídas, bailan, cantan y aplauden.
“Ana, ana, ana”, no es un nombre, si no cientos de niñas queriendo participar, queriendo jugar. [‘ana’ significa ‘yo’, en árabe]. Al salir, algo nos devuelve a su realidad: un hospital de campaña del ejército jordano recuerda el estado de excepción en que viven. Por la tarde actuamos en otro colegio. Los voluntarios de Human Supporters Association (HSA) traducen y nos ayudan a conectar con la gente local, actuando como un puente esencial. Cuando cae el sol, paseamos por el mercado y probamos kanafe de Nablus, un dulce de queso y agua de azahar. Terminamos la jornada tomando té y conversando. “Futuro”, “amigos”, “casa”, “conciencia”, son palabras que todavía resuenan.

DÍA 4. HUMAN
Pasear por la ciudad vieja de Nablus es adentrarse por calles que huelen a té, especias y hierro, donde la belleza de los mercados y talleres convive con una tensión constante. Aquí no temen al turismo, sino a los soldados y al eco de un jeep doblando la esquina. La ocupación israelí atraviesa la ciudad como una sombra: puertas destrozadas, detenidos sacados de ambulancias, historias de violencia que hacen del futuro palestino algo frágil.
En ese contexto, nació Human Supporters Association (HSA), fundada por la juventud decidida a defender la dignidad a través del juego, el arte y la educación. Gracias a sus funciones hoy existe una red comunitaria de apoyo mutuo que sostiene a cientos de personas, recordando que incluso bajo opresión se puede cuidar la vida. Pero la impunidad y el aislamiento hacen cada vez más difícil resistir.
“Un cartel recuerda el asesinato de Abd al‑Rahman, un niño de 13 años. Su único crimen, ser un niño palestino”
HSA insiste en acompañar y contar, porque cuando nadie mira, la impunidad crece. Al dejar Nablus, las carreteras segregadas y las banderas israelíes revelan una ocupación que también domina el espacio y el relato.
DÍA 5. REFUGIADO (LAJEE)
Primer día en Aida Camp. Nos cuentan que el campo de refugiados de Aida nació en 1950, cuando las familias vivían en tiendas sin agua, electricidad o alcantarillado. Hoy, más de 5.500 personas habitan menos de un kilómetro cuadrado. Cada familia ocupa una vivienda. Cada generación, una planta: solo se puede crecer hacia arriba.
En 2004 comenzó la construcción del muro, ocho metros de hormigón que rodea el campo y que el ejército vigila sin descanso. En las azoteas de las casas, bidones negros de agua recuerdan los cortes prolongados causados por el ejército de ocupación israelí (a veces de más de 70 días). Mientras, en los asentamientos de colonos riegan sus jardines o llenan sus piscinas sin preocupación, sin bidones.
Los habitantes narran cómo los soldados usan este campo para entrenar a jóvenes de 17 años que irrumpen en las casas, apuntan a familias, rocían viviendas con líquidos pestilentes y llenan las calles de gas lacrimógeno. El martirio es constante. Aún así, la vida resiste. En el Lajee Center ofrecen espacios de encuentro, escuela infantil, talleres de fotografía, danza dabke, gimnasio y la Rebel Circus School, símbolo de dignidad y esperanza.

DÍA 6. TULKAREM, CIUDAD FANTASMA
Nos levantamos temprano, material al minibús y pasaporte en mano. El trayecto a Tulkarem se alargó casi cuatro horas por culpa de los check-points cerrados. En la carretera, banderas israelíes ondean en territorio palestino imponiéndose sobre el paisaje. Al llegar, dos furgones blindados del ejército israelí en la calle principal nos hacen volver a cambiar de ruta.
En Al‑Awda Center, en Tulkarem, nos explican su importante labor con la población local. Es inevitable no mirar por las ventanas y observar los nuevos caminos que dividen el campo. El ejército israelí ha demolido todo a su paso para construirlos, incluidas viviendas con personas dentro. Desde lo alto vemos desolados Tulkarem y Nuur Shams, dos campos de refugiados convertidos en escombros y bases militares israelíes. Más de 10.000 personas perdieron sus hogares, y fueron obligadas a desplazarse. Biografía y geografía borradas del mapa.
El trayecto a Tulkarem se alargó casi cuatro horas por culpa de los check-points cerrados. Al llegar, dos furgones blindados del ejército israelí en la calle principal nos hacen volver a cambiar de ruta
Pese a la situación apocalíptica, realizamos el espectáculo y las actividades. Una mujer nos dijo emocionada que nunca había visto circo en su vida. Los niños, al principio, desconfiaban de nosotros, porque los únicos internacionales que habían visto eran soldados israelíes. Entre abrazos, dulces y sonrisas, comprendemos que, incluso en medio del dolor, la alegría resiste.
DÍA 7. RESISTENCIA COMO FORMA DE VIDA
Empezamos a acostumbrarnos a lo impensable: nombres de niños convertidos en mártires por los disparos del ejército de ocupación. Hoy visitamos un colegio cristiano, donde monjas y maestras musulmanas conviven enseñando juntas, ejemplo vivo de una coexistencia que pocos imaginan. Cuando las niñas salen y juegan, sus risas hacen olvidar por un momento la dureza del entorno. El espectáculo de Pallasos en Rebeldía devuelve la alegría y el sentido de estar aquí, para recordar que no todo está perdido.
En el Lajee Center nos enseñan su huerto hidropónico en la azotea. Fundamental para mantener una soberanía alimentaria y el suministro en momentos de crisis; para mantener vivas las raíces campesinas del pueblo palestino. Por la tarde, los niños de la Rebel Circus School actúan junto a Pallasos en Rebeldía. Más tarde, Beit Sahur, donde la magia de la Navidad llena las calles de música y luces. Por un instante, casi olvidamos que no estamos en casa. Mentira, aquí también estamos en casa.

DÍA 8. INFANCIA CONDENADA
Por la mañana, diseñamos junto con la infancia de Lajee Center una baraja de cartas palestinas, cuyos palos representan símbolos de su identidad. Después, el director del Lajee nos enseñó el campo de refugiados de Aida. En la puerta de la llave, un cartel recuerda el asesinato de Abd al‑Rahman, un niño de 13 años. Su único crimen fue ser un niño, un niño palestino. Motivo suficiente para que, un día, un soldado israelí decidiera poner fin a su risa, a su voz, a su vida.
Un muro, cubierto de grafitis, delimita Aida Camp. Los locales nos explican la contradicción que supone embellecer un muro que no debería existir. Sin embargo, la resistencia también dejó huella. Los vecinos lograron desactivar una torreta y abrir una pequeña ventana en el muro. Los soldados israelíes prueban su armamento sobre los civiles. Esto convierte a Aida Camp en el lugar más gaseado del mundo. Los palestinos, en su eterna resiliencia, convierten los proyectiles lacrimógenos en colgantes, transformando el dolor en símbolo.
Por la tarde, Rebel Circus School, proyecto de Pallasos en Rebeldía en Lajee Center, regalaron una actuación conjunta de circo a la infancia del campo de refugiados. Después, corrimos hacia Bethlehem, para participar en una cabalgata navideña que llevaba dos años sin celebrarse.
DÍA 9. EN HEBRÓN NO HAY CIELO
“Os aseguro que nada de lo que vais a ver aquí es normal”, advierte el guía que hoy nos muestra la ciudad de Hebrón. Una ciudad ocupada desde las entrañas, con doce asentamientos de colonos que se expanden por la ciudad como una plaga que no da tregua. Obligando a los palestinos a cercar sus calles con rejas, para que no les tiren piedras desde arriba. La torre de vigilancia israelí siempre observa con el arma cargada. Una cárcel a cielo abierto.
“Os aseguro que nada de lo que vais a ver aquí es normal”, advierte el guía que hoy nos muestra la ciudad de Hebrón. Una ciudad ocupada desde las entrañas, con doce asentamientos de colonos
Cerramos los ojos. Imaginamos un Hebrón libre. Una ciudad de mercado, con olor a especia y fruto, con la infancia con la que acabamos de jugar soñando con una vida sin soldados dentro de sus casas, sin mártires. Abrimos los ojos. Un soldado no deja pasar a nuestro guía en el checkpoint que divide la old city en dos. Nuestro guía lo llama la ciudad fantasma. Observamos las pocas tiendas que quedan agarrándose con uñas y dientes a la roca arcillosa. Caminamos en silencio. Subimos al bus. Parecemos pesar más después de la visita.
Una parada más antes de volver: la fábrica de kufiyas originales de Hebrón. El ritmo de las máquinas es una marcha de resistencia y símbolo. El contraste de una ciudad que se ahoga y una fábrica que permanece.

DÍA 10. JUSTICIA Y REPARACIÓN
Nos despedimos del último colegio dando lo mejor de nosotras. Después, acudimos a la Asociación Badil, donde comienza una clase magistral de derecho internacional. Se nos explica que el desplazamiento forzoso constituye un delito y que el derecho al retorno está reconocido legalmente.
El pueblo palestino mantiene el estatus de refugiado dentro de su propio país, ellos han sufrido, y siguen sufriendo, desplazamientos internos y externos desde 1948, con la Nakba (Desastre). Actualmente, esta situación afecta a unos 9,8 millones de personas, dos tercios del pueblo palestino. Las causas principales son la violencia militar israelí y las condiciones de vida infrahumanas derivadas de la privación de recursos básicos. El actual régimen colonial israelí, bajo su política de apartheid, garantiza el derecho de retorno solo a judíos, que nunca antes vivieron allí, negándoselo a los palestinos originarios. La ponente afirma que la verdadera paz exige un proceso de descolonización basado en los derechos humanos: desmantelar las estructuras coloniales, asegurar el retorno, otorgar reparaciones y exigir responsabilidades.
El pueblo palestino mantiene el estatus de refugiado dentro de su propio país: sufren desplazamientos internos y externos desde 1948, con la Nakba (Desastre)
Por la tarde realizamos nuestro último taller de relatos colectivos con la infancia de Lajee. Comienzan un cuento que terminará de escribirse junto a la infancia del municipio ripense. Finalmente, nos brindan una emotiva despedida, colmada de abrazos, risas y lágrimas, reflejo de la huella que estos días han dejado en nosotras.
DÍA 11. NO ES UNA VUELTA CUALQUIERA
Volvemos. No es una vuelta más. Es uno de los momentos de más tensión para todos los campos de trabajo. Es un interrogatorio donde no puedes decir de dónde vienes. Son unos ojos sibilinos que te miran mientras te preguntan si has conocido a alguien o si has estado en Belén, buscando la grieta por la que colarse. Es que te retiren el pasaporte y no te lo devuelvan hasta que ellos consideren que eres apto. Es ver tus recuerdos, tu ropa, tus cosas, repartidas en varias cajas. Son horas de espera y tensión, presión en el pecho y no saber. Es ver a tu compañera retenida. Es querer gritar , en cada control: ‘Esta tierra que piso y de la que no puedo hablar, se llama Palestina’. Nos juntamos de nuevo. Despega el avión. Un año más se despide el campo de trabajo, un año más con un eco que dice ‘No estáis solas’.

CONCLUSIÓN
Sin darnos cuenta, hemos vivido un viaje profundamente transformador. Volvemos con la mochila llena de aprendizaje, experiencia y esperanza. El pueblo palestino nos ha dado una lección de fortaleza, hospitalidad y resistencia, incluso bajo un régimen de ocupación neocolonial, apartheid y control que lleva más de 77 años sucediendo.
Su realidad es muy distinta a la nuestra. Ellos apenas pueden decidir sobre su futuro. Viven al día, porque el presente es lo único que tienen seguro. Cada día es una incógnita, porque no saben si mañana dormirán bajo el mismo techo, serán detenidos o se convertirán en mártires.
El campo de trabajo celebra diez años de existencia y creemos que es esencial que continúe. En Palestina nos explicaron la importancia de estar, de acompañar y de contar la situación que viven día a día, para que no sean olvidados.
Este aprendizaje vivido en primera persona, nos ha hecho más conscientes y comprometidas. Por eso, queremos animar a la juventud de nuestro municipio, a implicarse en este proyecto. Porque somos nosotras, las jóvenes, el motor del cambio.



