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Astrid Agenjo: “El trabajo que no se paga también es economía”

La doctora en Economía y profesora universitaria ofrece las claves para entender cómo economía no son solo las relaciones mercantiles monetizadas.

Astrid Agenjo: “El trabajo que no se paga también es economía”
Astrid Agenjo, izquierda, y Mireia Sazalar, durante la entrevista telemática.

Entrevista: Mireia Salazar

Nueva entrega del ciclo ‘Conectadas: diálogos con feministas’, entrevistas telemáticas con expertas que exponen su punto de vista sobre distintos campos profesionales. En esta ocasión, conversación con Astrid Agenjo (Garbayuela, Badajoz, 1985), doctora en Economía. Profesora del departamento de Economía, Métodos Cuantitativos e Historia Económica de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, forma parte de comisiones internacionales de trabajo y centra una de sus líneas de investigación en la economía feminista.

¿Qué es la economía feminista y cuáles son sus objetivos?

Si tuviéramos que seleccionar tres elementos claves en los cuales estarían de acuerdo todas las perspectivas, podríamos decir en primer lugar que la economía feminista trata de ampliar los límites de lo que convencionalmente se entiende por economía. Generalmente, la economía se entiende en base a lo que ocurre en el mercado, en los intercambios monetarios y mercantiles. La economía feminista dice que hay que situar en el centro la satisfacción social de las necesidades, cómo sale adelante la vida en el día a día. Y ahí los mercados ocupan una parte importante, pero no el todo. Porque también hay otro tipo de esferas. Está el Estado, están las redes sociales y comunitarias, ahora más que nunca lo estamos viendo, y están los hogares como esos espacios que permiten que la vida salga adelante en el día a día, que la vida se sostenga.

Pongamos algún ejemplo.

Si yo acudo a una psicóloga y le pago por su trabajo, ese intercambio es económico, entra dentro de lo que consideramos como economía, como producto interior bruto. Pero si ese cuidado me lo aporta una amiga, no es económico. Mi necesidad se está satisfaciendo. O si yo voy a algún supermercado y compro un plato precocinado, ese intercambio es económico. Pero si me lo prepara una de mis compañeras de casa, no es económico. Entonces, ¿qué define realmente la economía? ¿El hecho de que se satisfaga mi necesidad o solo el hecho de que esa necesidad sea satisfecha porque estoy pagando por ella en el mercado? Esa es un poco la clave.

¿Y qué dice la economía feminista al respecto?

Que, independientemente de que se pague por el recurso o no, todos los recursos que permiten sacar la vida adelante forman parte de lo que entendemos por economía, por la sostenibilidad de la vida. De la misma manera que todos los trabajos que permiten ese sostenimiento de la vida son trabajos, no solo el que se paga, porque tendemos a pensar el trabajo asociado únicamente al empleo mercantil. Voy a una empresa y me pagan por ello. No, el trabajo son todas aquellas actividades que permiten que la vida se sostenga. Ese sería el primer elemento: cuestionar los límites de lo que convencionalmente entendemos por economía.

“La economía feminista busca organizar la vida de una manera más equitativa”

¿El segundo elemento?

Entender que el género, las relaciones de género entendidas como relaciones de poder y de desigualdad, son un aspecto económico fundamental, una categoría económica central. Una de las ideas clave es las relaciones de desigualdad de género. En base, por ejemplo, a la división sexual del trabajo: la existencia de una distribución sistémica que decide qué trabajos debe hacer cada quien en función del género que se le asigna al nacer con un determinado tipo de sexo biológico. Hombres en los mercados de trabajo con una presencia prácticamente exclusiva, mujeres a día de hoy con una doble presencia en los mercados de trabajo pero también en los hogares. Y las tareas que se asignan a las mujeres históricamente han estado invisibilizadas, infravaloradas, no se veían, no se nombraban como tal. Me refiero fundamentalmente a los trabajos domésticos y de cuidado no remunerados que se realizan en el seno del hogar.

Este es un elemento también central.

¿Y por qué es interesante ver qué ocurre en esa parte invisible de la economía? Porque en la economía feminista utilizamos muchas veces la metáfora del iceberg. Es decir, hay una parte visible, una parte productiva y mercantil, que sale en los telediarios, que abre los titulares de periódicos, sobre la que se genera política pública, que está sostenida por toda una parte invisible que tiene que ver con la gestión cotidiana de la vida, con los cuidados, con los trabajos domésticos que no se ven, que no se nombra como trabajo y que no genera conflicto político. Digamos que los sujetos que están llevando a cabo esas actividades no son los sujetos políticos. La economía feminista dice que hay que ver el conjunto del iceberg, porque si se para esa base, el trabajo doméstico, se para el resto. Ese es uno de los lemas de las huelgas del 8 de marzo, que son políticamente tan simbólicas y tan importantes por lo que se está diciendo: “Si nosotras nos paramos, se para el mundo”. Y obviamente, entendiendo que el género está cruzado por múltiples ejes como la clase social, el estatus migratorio, la raza, la etnia, las diversas capacidades que nos sitúan en la casilla de salida frente al sistema socioeconómico a las personas en distintas posiciones. Desde luego, desde un punto de vista feminista, elegimos el género como ese punto estratégico.

¿Y en tercer lugar?

La idea de que la economía feminista no es solo una propuesta teórica que permite ampliar la estela de la economía, sino que es una propuesta política que pretende organizar el sistema socioeconómico de otra forma más equitativa, más justa. Es decir, lo que se está poniendo en cuestión es el funcionamiento de un sistema económico capitalista, que genera desigualdad y es inherentemente injusto. Y se trata de apostar por otro tipo de propuestas que buscan avanzar hacia otra forma de organizar la vida en común, entendiendo que somos personas, seres interdependientes que nos necesitamos. La vida siempre es vida en común, no podemos salir adelante solas y solos y somos ecodependientes, dependemos de la naturaleza. Y la naturaleza no la podemos entender como un recurso más, o como un almacén, un vertedero, sino como nada más y nada menos que la esfera que permite que la vida sea posible.

“La economía feminista sitúa en el centro
la satisfacción social de las necesidades”

¿Qué perspectiva tiene la economía feminista en esta situación de pandemia?

Una de las máximas por las que viene apostando la economía feminista es la idea de poner la vida en el centro. Poner la vida en el centro de la política pública. ¿Eso qué significa? Significa muchos elementos a muchos niveles. Por ejemplo, desde un punto de vista ecológico, poner atención a lo que está ocurriendo a nivel de la crisis ecológica, en el marco de una emergencia climática, de una pérdida de biodiversidad y un agotamiento de los recursos. Hay que atender a lo que está ocurriendo, implementar una serie de medidas políticas para que eso se detenga y hacerle frente a esa crisis; no pensar que esto es una pandemia aislada que no se volverá a repetir. Pero defendiendo más el plano de las instituciones, de las distintas esferas de actividad, hay que prestar atención al Estado.

¿Cómo?

Hay que prestar atención a las políticas públicas, exigir con fortaleza un sistema de servicios públicos universales gratuitos, de calidad, porque desde el punto vista de la igualdad de género, los servicios públicos son fundamentales porque las mujeres somos las principales usuarias directas o indirectas. Somos también las principales empleadas y somos también las principales sustitutas cuando esos recursos faltan, lo estamos viendo en esta crisis.

* Entrevista telemática transcrita por Álvaro Mogollo.

 

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