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Encarna, la sirena de 96 años del Cerro del Telégrafo

Esta vecina de Rivas Futura se acerca al centenario con energía, vitalidad e independencia. Su secreto, el ejercicio diario: bicicleta, caminar y bailar en el agua entre amigas.

Encarna, la sirena de 96 años del Cerro del Telégrafo
Encarna en su clase de gimnasia en el agua, en la piscina del Cerro del Telégrafo, donde acude cada semana. ÓSCAR ROMERO

Con el agua por la cintura, un ajustado gorro azul y bañador de una pieza emerge la figura de Encarnación Serrano Martínez como la viva imagen de los beneficios del deporte. Pratica acuagym cada semana. En casa pedalea sobre bicicleta estática. Dos tramos de media hora cada uno, con descanso entre medias. Es usuaria del transporte público. Cruza Madrid en bus, cercanías y metro para llegar a las revisiones de su sonotone. La sordera es unos de sus pocos achaques. Y visita a diario a esas amigas que ya no salen de casa. A pie o en autobús. Con lluvia, frío o calor. “Me da igual el tiempo. Cojo mi mochila, una buena chaqueta, y a la calle”.

Encarna no falta a su cita con el movimiento físico que tan buenos resultados reporta también a su salud mental. Este 29 de abril cumple 96 años. Y hace 28 que acude semanalmente a la piscina del polideportivo municipal Cerro del Telégrafo. Bajo las indicaciones del profesor Sergio, se esmera junto a sus compañeras, ya amigas, con las que comparte desde hace 4 años. Antes acudía a clases de natación. Aprendió a nadar a los 68 años, hace casi tres décadas. Y desde entonces no lo ha dejado.

Vecina de Rivas Futura, su relación con el agua comenzó desde el deseo de querer mantenerse a flote, tal y como observaba a su hija e hijos cada verano, disfrutando de las bondades acuáticas. “Yo les veía y me daba una envidia. Hasta que me hija me apuntó para aprender a nadar”, explica a ‘Rivas al Día’ un miércoles de marzo, desde el vestíbulo de la piscina del Cerro, momentos antes de entrar a su clase. Fueron esos veranos en la playa valenciana de la Patacona que le estimularon el interés. Hasta allí se iba con su prole, a casa de su tía. “Se quedó viuda, y mi madre se fue a vivir con ella. Pero antes de eso ya íbamos, de niña. Recuerdo que mi madre nunca se bañaba, se quedaba fuera y le decíamos ‘mamá, vente’. Luego eso me lo decían mis hijos a mí, pues yo no me metía en el agua”, explica sobre una situación que logró revertir a fuerza de perderle el miedo al mar.

TIEMPO ENTRE COSTURAS
Nacida en la madrileña calle del General Pardiñas, al poco se trasladó a Vallecas. Cuando comienza la Guerra Civil, Encarna tiene 6 años. Su familia buscó refugio en el pueblo de Albacete de donde eran su madre y su padre, Alborea. Regresaron a los tres años, pero el hambre y la represión dificultaban la vida en la capital. “Mi padre decidió volver al pueblo. Regresamos, y al año se murió. Mi madre era modista y cosía en el pueblo. Así salimos adelante”, relata sobre los años más grises.

Preguntada por el secreto de su vitalidad, responde: “Haber vivido 60 años en un cuarto sin ascensor”

Entre hilos, dedales, agujas y telas ella también logró conquistar su independencia antes de casarse. Con 13 años, la enviaron a Madrid desde el pueblo, a servir a casa de una mujer que vivía sola. Una práctica habitual en la España de la posguerra. “En la calle Villanueva, en el barrio de Salamanca. Solo estábamos la cocinera y yo. Pasaba el día sola, y me acabé apuntando a clases de corte y confección a distancia. Estudiaba por las noches. La academia me enviaba los patrones. Yo los hacía en papel, en pequeño, y los mandaba para que me los corrigieran”, explica sobre su método. “Sin embargo, no me saqué el título por tonta, porque me cansé y no mandé el último trabajo, que era por el que me daban el diploma”, reconoce. Cinco años después, dejó de servir “como doncella” para entrar como costurera en la casa de los Condes de Rueda, en horario de 10.00 a 19.00. Ya tenía 18 años, y aquello era un ascenso laboral.

“Cosía para una de las hijas. Por la mañana compraba la tela y al día siguiente ya quería ponérselo, aunque por dentro fuera sin arreglar”, detalla.
Así, durante varias décadas, coser fue su profesión, primero, y su afición, después, cuando ya solo diseñaba atuendos familiares. “Había una revista, ‘Burda’ [de 1950, aún existe en los quiscos] especializada en moda y ahí sacabas los patrones. También me iba a El Corte Inglés, miraba los vestidos de las niñas, llegaba a casa y los hacía a mis nietas”, recuerda.

Encarna desarrolló esta labor hasta 1958, cuando se casó, en la iglesia de La Paloma, y celebró el convite en Salones Torres. “Tengo guardados todos los papeles, hasta lo que nos costó”. Y si ella era modista, su marido, José Gimeno Cremades, zapatero. “Trabajaba en una fábrica haciendo calzado de alta costura. No quería que me pusiera nunca zapatos que no fueran de piel porque decía que se estropean los pies”, rememora sobre el oficio artesano de su marido, fallecido en 1988.

“Recuerdo que me hizo unos zapatos preciosos que nunca me pude poner. Me tomó las medidas y, cuando los hacía pensó, ‘no puede tener el pie tan grande’, así que los hizo más pequeños y nunca me los pude poner”, relata.

A Rivas llegó primero a vivir un tiempo con su hija, ayudando a la familia. “Llevaba a la niña a la guardería y al niño al colegio. Y fue entonces cuando me apuntó mi hija a natación, dos días a la semana. Y luego empecé a ir otros dos a gimnasia y otro a yoga”, cuenta sobre una rutina, allá por los años 90, que completaba con clases de sevillanas por las tardes. Con el tiempo, regresó a su piso de Vallecas, pero seguía viniendo a Rivas, cada tarde. Aquí ya tenía su vida hecha.

Preguntada sobre el secreto de su vitalidad, responde: “Haber vivido 60 años en un cuarto piso sin ascensor”. Precisamente, esta circunstancia la trajo de vuelta a la ciudad, a una urbanización de la zona de Rivas Futura, con ascensor y piscina.

A las personas mayores, les manda un mensaje claro: salir del hogar. “Les diría que se muevan, que no se queden en casa. A mi se me cansan los pies de estar sentada mucho tiempo. Tengo que moverme. Y no puedo estar en casa. Mis amigas lo saben. Hay que salir”, defiende Encarna, la sirena nómada de 96 años con una salud que reta al paso del tiempo.

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