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Andrés Campos, el surfista de Rivas que no ve las olas y es campeón de España

El ripense recibe el premio al mejor deportista de la ciudad en 2025. Esta es una historia de amor por el mar y las playas.

Andrés Campos, el surfista de Rivas que no ve las olas y es campeón de España
Andés Campos se dispone a entrar al mar con su guía.

A veces, en la vida, no todo son derrotas. A veces, tras la adversidad, llegan las victorias. Cuando a Andrés Campos de los Ríos le preguntaron en 2019 en una playa de Cantabria si había probado a surfear, resopló incrédulo: “Cómo voy a hacer surf si soy ciego”.

Siete inviernos después, este ripense de 43 años, que perdió la vista a los 29, flota sobre las olas aunque no las vea y siente la libertad del mar. Y a pesar de ser casi un recién llegado a la élite (2022), ya acumula dos campeonatos de España de surf adaptado (2023 y 2024) y un subcampeonato (2025), además de la medalla de bronce por equipos con la selección española en el Mundial de 2022 (Los Ángeles, EEUU) y el oro en el Europeo de 2023 y la plata en el de 2025.

Criado en Rivas desde los seis años, estudiante del colegio público Los Almendros y del instituto Duque de Rivas, fue elegido mejor deportista masculino de Rivas de 2025. Recibió el premio en la Gala del Deporte el pasado diciembre. Su elección, reconoce, le sorprendió. Por una vez, la ola le pilló desprevenido.

“No supe qué decir cuando recogí el galardón en el auditorio Pilar Bardem. No me lo esperaba. Cuando pronunciaron mi nombre, mi hijo, de 10 años, me dijo: ‘¡Papá, que eres tú!’. Me quedé en blanco. Y más cuando el yudoca Paco Lorenzo acababa de ser campeón del mundo máster”, recuerda una semana de enero. Porque Andrés, además de jinete de mar con traje de neopreno, también se enfunda el quimono sobre el tatami. Y Paco Lorenzo, referencia nacional del yudo, es su entrenador.

Andrés Campos, con su tabla, en una pausa de una competición.

Los ojos de Andrés se apagaron casi por completo en 2012. Padecía desde la infancia una malformación arterial que le afectaba a los dos nervios ópticos. Hubo que operar para evitar males mayores aún. Cuando entró en quirófano sabía que saldría con una pérdida casi total de visión; fue del 100% en el ojo derecho y el 99% en el izquierdo. Hoy ya es del 100% en ambos. Antes se había licenciado en Económicas y Empresariales. Actualmente, con tres másteres, trabaja como técnico de economía y gestión en la empresa pública Adif, tras conseguir la plaza por oposición. El surf le apasiona. Lo probó en 2019. En la playa cántabra de Somo: “Ese mismo día me picó el bicho y desde entonces no ha salido de mí”.

Se le nota el amor por su deporte cuando describe sensaciones y técnicas para domesticar el oleaje. Su discurso casi desprende cierta poesía acuática. Sopla la brisa, emerge la espuma: “Antes de entrar al agua, mi guía [suele ser su amigo y surfista Kevin Jorge] me indica cómo está el mar en ese momento. Él ha estado un rato largo estudiándolo. Estudiando las variaciones y los tiempos que tardan en cargar las olas. Cada cuánto viene la serie buena. Y dentro de la serie buena, cuál es la mejor ola. Porque suelen reproducirse los mismos patrones en el día”.

«Noto que la ola se acaba al escuchar un sonido parecido al que se produce cuando se desintoniza un canal de radio. Eso significa que empieza a crearse espuma. Y me indica que tengo que terminar. Porque, si no, me como la espuma y me tira»

Y prosigue: “Después coge mi mano y va haciendo un dibujo en el aire o sobre la arena de la playa. Y me dice: ‘Vamos a entrar por este carril, que hay una vía de entrada. Y luego vamos a girar a izquierda o derecha. Y cuando yo vea que viene la ola buena, vamos a empezar a remar en esta dirección’. Ya en el mar, me dice si las olas vienen de derecha o de izquierda. Y cuando viene la ola, va restando: ‘Tres, dos, uno’. Y en el uno noto el empujón del mar, que es cuando me pongo en pie y a gozarla”.

Ya sobre la tabla, cierra los oídos y experimenta la soledad deseada: “Y me dedico a hacer mis cosas, a disfrutar e intentar las maniobras que pueda”. ¿Y cómo siente que se acaba la fuerza de la ola? “Lo noto al escuchar un sonido parecido al que se produce cuando se desintoniza un canal de radio o televisión. Eso significa que empieza a crearse espuma. Y me indica que tengo que terminar. Porque, si no, me como la espuma y me tira”. Dice Andrés que no hay dos olas iguales. “Cada una te da una sensación y te exige hacer una cosa diferente. Ni habiendo surfeado toda la vida conocerás plenamente el mar”.

LAS PLAYAS DE SU VIDA
En España, sus playas favoritas miran al Atlántico en Gran Canaria: una recóndita cuyo nombre prefiere no desvelar. “Solo van los locales y no queremos que se masifique. Es la playa en la que un amigo me dijo que si aprendía a surfear en ella podría surfear en cualquier sitio. Es una ensalada rara. Las olas vienen por delante, detrás, a izquierda, a derecha, por arriba, por abajo. Un batiburrillo de direcciones. Y ahí aprendes a leer la ola”. También cita, de la isla, el arenal de las Canteras.

En la península, donde alcanzar un destino es más barato porque no requiere billete de avión, tiene muy peinada la cornisa cantábrica: Liencres y la playa de los Locos, en Cantabria; Salinas, en Asturias; Sopelana, en Vizcaya. Y ya doblando la esquina de Finisterre, asomándose de nuevo al Atlántico: Galicia o Viana do Castelo, en Portugal.

En España, su playas favorita mira al Atlántico en Gran Canaria: una recóndita cuyo nombre prefiere no desvelar. «Solo van los locales y no queremos que se masifique»

El surf no es un deporte barato. Una tabla buena, como la suya de competición, cuesta 1.000 euros. En casa acumula seis. La última, un regalo de Reyes. Duermen en un rack de lamas metálicas sobre la pared. “Para que no toquen el suelo ni se rocen entre ellas, porque son muy delicadas”. Un traje de neopreno de invierno, entre 250 y 400 euros. Súmese alojamiento y desplazamientos. Y a veces, toca costear el viaje al guía.

En competiciones internacionales, cuando se viaja con la selección, la federación no siempre puede sufragar los gastos. Un avión más hotel y manutención en EEUU, Puerto Rico o Australia no es peccata minuta. Como el próximo Mundial será en Francia en noviembre, las posibilidades de participar crecen. El Europeo, en Viana do Castelo (Portugal). Andrés se enfrenta, además, a la desventaja de no habitar en una localidad costera. El campeón del mundo Aitor Francesena, de 56 años, vive con el mar a sus pies, en Zarautz (Guipúzcoa). Se levanta y puede entrenar durante todo el año.

El ripense Andrés Campos surfea una ola.

Andrés, en Madrid, aprovecha el centro comercial deportivo X-Madrid, en Alcorcón, con una piscina de ola que gestiona su amigo y guía Kevin Jorge: juntos no solo en el mar. Otro hándicap: muchos contrincantes ya practicaban surf antes de quedarse ciegos: “Yo empecé de cero cuando ya había perdido la vista. Hace solo seis años y medio”.

Además de surf y yudo, este apasionado de los libros de economía y astrofísica practica senderismo con la familia. Caminatas por suelo poco irregular en los que recorren entre 8 y 12 kilómetros. Con su mujer, su hijo de 10 años y su hija de cuatro. El mayor ya hace “cositas en verano. Le gusta mucho surfear conmigo. Cogemos una olita pequeña y lo pasamos fenomenal. La peque, de 4 años, aún lo pasa mal cuando me ve en el mar con muchas olas. Se pone muy nerviosa”.

CAMINAR DE MADRUGADA
Andrés duerme poco. Se despierta a las cuatro o cuatro y media de la madrugada. Se pone un libro en los auriculares y todas las mañanas, “llueve o truene”, camina “una hora a las cinco de la mañana por la avenida de los Almendros, bajando y subiendo”. “Ese momento me carga de energía para todo el día. Me gusta mucho leer [audiolibros]”. Pero no imaginen novelas, no: libros de economía y astrofísica.

Así empieza un día en la vida del mejor deportista masculino de Rivas en el año 2025. Un campeón de España que garabatea sueños sobre las olas.

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