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Juancho Cuenca, alpinista: la bandera de Rivas, en una cima del Cáucaso

Vecino y trabajador municipal desde 1985, corona el Kazbek (5.047 m), la segunda montaña más alta de Georgia que comparte cresta con Rusia.

Juancho Cuenca, alpinista: la bandera de Rivas, en una cima del Cáucaso
Juancho Cuenca, con la bandera de Rivas, en la cima del Kazbek (5.047 m).

Fue la mañana del 30 de julio, a nueve grados bajo cero y con vientos de 40 kilómetros por hora, cuando el montañero ripense Juancho Cuenca sacó la bandera de Rivas de su mochila y la desplegó, con dificultades por los latigazos del aire, sobre la cima nevada del Kazbek (5.047 m), la segunda montaña más alta de Georgia, y cuarta de la cordillera del Cáucaso. Nunca una enseña ripense ha ondeado tan arriba: sobre el océano de nubes y en esas altitudes donde al pulmón humano lo compromete la falta de oxígeno.

El sueño veraniego de Juancho (Madrid, 1963) era encaramarse al Elbrus, el techo de Europa (5.642 m), en Rusia. Pero la guerra de Putin en Ucrania modificó sus planes. Y su mirada se fijó en el Kazbek, un precioso cono nevado, cima casi hermana: geográficamente georgiana pero cuya ruta por la vía normal exige adentrarse en Rusia, siguiendo un cordal cimero que delimita ambos países.

En cualquier caso, él quería visitar el Cáucaso, un amasijo de picos aún inédito para este vecino y trabajador municipal del Ayuntamiento desde 1985 (antes en la Concejalía de Educación, ahora en Transición Ecológica) y que, a sus 58 años, cursa actualmente la carrera de Nutrición Humana y Dietética. Ya ven, inquieto como un pie de gato que busca agarres nuevos.

 

“Tenía ganas de escalar en la cordillera del Cáucaso, no la conocía. Es una zona muy limítrofe y olvidada, perdida en ese rincón entre Europa y Asia, poco frecuentada salvo para actividades muy técnicas, como la que realiza el equipo de jóvenes alpinistas de la Federación Española de Montaña, uno de cuyos últimos retos es escalar un pico de allí”, explica dos meses después de la ascensión este profesor titulado de la Federación Madrileña de Montañismo y guía internacional reconocido por la UIMLA (Union of International Mountain Leader Associations).

«Tenía ganas de escalar en la cordillera del Cáucaso, no la conocía. Es una zona muy limítrofe y olvidada, perdida en ese rincón entre Europa y Asia»

¿Cómo fue el ataque a cima? Tras despertarse a las doce de la medianoche en el campo base (3.650 m), prepararse y partir a las dos de la madrugada con los frontales encendidos para salvar un glaciar de profundas grietas, la cordada que integraba junto a un australiano, un rumano y un georgiano hollaba a las 8.40 de la mañana la cumbre de una montaña con un significado especial en el contexto geopolítico actual.

“El Kazbek [un estratovolcán] me atrapó en cuanto empecé a documentarme: su historia, sus escaladas, cómo es geológicamente, sus vertientes… Y es una cumbre con una circunstancia especial: aunque está en Georgia, para ascenderla tienes que entrar en Rusia”.

Para Juancho, a quien trajeron al mundo llamándolo Juan Ignacio, las montañas no separan países ni territorios. Al contrario, los unen. “Es algo que aprendes desde que eres montañero pequeñito y subes a una cumbre del Guadarrama, donde te encuentras con gente de Segovia o Ávila que viene por la otra vertiente. O en el Pirineo, entre Francia y España. Las montañas son la forma de pasar de un país a otro, no una barrera excluyente, son un puente para transitar libremente de un lado a otro. Ahí arriba comprendes que las montañas son accidentes geográficos que conectan”, explica con verbo montañero. Y en tiempos de guerra como los actuales, expediciones fronterizas como esta se erigen en alegato antibelicista [en el Cáucaso se ha reanudado otro conflicto latente, ahora entre Azerbaiyán y Armenia].

DESDE LA CIMA
Eso sí, en la cima, donde la belleza ahoga las palabras, se permanece el tiempo justo. Nada de atornillarse en la picota. Como recuerda una cita ya legendaria del glosario alpinista: la cima es solo la mitad del camino. “En la cumbre estuvimos apenas diez minutos. Es un error quedarse mucho tiempo. Primero porque pierdes tiempo. El tiempo en montaña es velocidad y seguridad. Eso no significa ir corriendo, significa no perder tiempo. Segundo, corres el riesgo de extasiarte, porque la panorámica es brutal y bajas los niveles de histamina y actividad muscular. Y te queda una parte muy comprometida, la bajada, que es donde se producen la mayoría de los accidentes en montaña”.

“En la cumbre estuvimos apenas diez minutos. Es un error quedarse mucho tiempo. Primero porque pierdes tiempo. El tiempo en montaña es velocidad y seguridad»

¿Y qué se hace en esos diez minutos de vistas narcolépticas? “En la cumbre fue llegar, darte un abrazo, sacar la bandera de Rivas y tomar unas fotos. Haría nueve grados bajo cero con sensación térmica de menos 15. Con el viento, me costó desplegar la bandera de Rivas, tuve que pisar un extremo con un crampón para extenderla verticalmente desde el suelo. Y te extasías contemplando el entorno: te encuentras en uno de los extremos del Cáucaso, mirando de este a oeste, viendo los picos rusos a la derecha y los georgianos a izquierda, con el Elbrus al fondo: alineado. Pero no te puedes dejar encandilar”. Al balcón paraíso llegaron, ya se ha dicho, a las 8,40 de la mañana. Y a las 14.00, la cordada ya lo celebraba y calentaba té en el campo base.

HIMALAYA Y MONT BLANC
Después de muchos años sin actividad internacional, Juancho recuperaba sensaciones. En su currículo figuran ascensiones en el Himalaya. Junto al conocido Carlos Soria (el alpinista de más edad en el mundo en alcanzar 12 de los 14 ochomiles), participó en 1992 en una expedición al Muztagh-Ata (‘Padre de las montañas de hielo’, en idioma uigur), 7.546 m. No pudo coronar, aunque sí remataron otros integrantes del equipo. En India, alcanzó la cima del Tindrusi (6.004 m), firmando, con una cordada española, la primera ascensión absoluta a esta cumbre virgen del Pir Panjal, subcordillera del Himalaya.

En el recuerdo, también el treking por los alrededores del Nanga Parbat, con un collado hasta los 5.800 m: “El Nanga (8.126 m) es un pedazo de montaña. La mayor tapia de la tierra: 5.500 metros de pared Rupal [del campo base a la cima] con unos corredores brutales”. Una montaña de sentimientos encontrados para el alpinismo español: la primera invernal de la historia la firmó el vasco Alex Txicon, con el pakistaní Ali Sadpara y el italiano Simone Moro, en febrero de 2016, pero en 2017 sepultó a Alberto Zerain y al argentino Mariano Galván, en la peligrosa arista Mazeno.

En Europa, Juancho ha dejado huella en los Alpes: dos ascensiones por vías diferentes al gigante blanco Mont Blanc (4.809 m) o el Cervino (Mattherhorn, en alemán, y 4.478 m), “el montón de escombros más bonito de los Alpes”, según lo describe. “Pero los Alpes son casi una excursión comparados con el Himalaya, no son expediciones”, aclara.

Ya en suelo ibérico, Gredos y Pirineos son como el patio de su casa. Y la sierra de Guadarrama, la gran desconocida aún para muchos madrileños, su habitación: “Amo la sierra de Guadarrama. Son mis montañas. En Granada tienen Sierra Nevada. En Aragón y Cataluña, Pirineos. Y los madrileños tenemos Guadarrama, donde yo me hice montañero con 13 años, cuando me sacaba el colegio, con mis botitas y mochila. Es donde he aprendido a moverme, también en territorio invernal”.

Aún recuerda su primera salida. Doce años, séptimo de EGB. Con su colegio Santa Susana, del barrio de Ventas, aunque él vivía en Retiro. “Fue a Bustarviejo. Y debimos subir al Mondalindo (1.831 m). Me impresionó tanto lo que me costó, pero me gustó tantísimo estar allí arriba, que me dije que era una maravilla subir a la montaña”.

«En la montaña no conquistas nada. En todo caso, te conquistas a ti mismo y aprendes a conectarte con el medio que te rodea. La montaña es un espejo donde te miras y te conoces mejor»

Ya de pequeño le gustaba patear entre pinos y rocas cuando su padre [un marino mercante; su madre cuidó y crió un hogar con nueve vástagos] subía a la familia en coche a los puertos de Navacerrada, Cotos o del León. Después del cole vivieron las salidas con los compañeros de instituto. Y en la universidad, a los 17 años, descubrió la escalada en roca. En La Pedriza, naturalmente. “Mi primer vivac fue en la pradera del Cerdito, bajo el risco El Cerdito, un búlder cerca del arroyo de la Ventana (proximidades de Cantocochino). Entonces se podía acampar con tienda [actualmente está prohibido]”.

POR ARRIBA
Se dice que lo importante, se haga cumbre o no, es estar por ahí arriba. Cuando se le pregunta por qué subir, responde: “Nos unimos a la idea de Mallory [‘¿Por qué escalar el Everest?’, le interpelaron. ‘Porque está ahí’, respondió el inglés antes de morir en su intento de ascenso en 1924]. Te enamoras de estar en esa situación y en esa montaña. No es cierto que seamos adictos a la adrenalina. Si algo odio son descargas gratuitas de adrenalina. La adrenalina, fisiológicamente, termina agotándote”.

Y clava piolet: “Lo que buscas es un equilibrio y contacto con un terreno en el que te sientes bien. Como el marino que ama la mar. Y sabes que no conquistas nada. Ya lo dijo Lionel Terray con su libro ‘Los conquistadores de lo inútil’. En todo caso, te conquistas a ti mismo y aprendes a conectarte con el medio que te rodea. La montaña es un espejo donde te miras y te conoces mejor. Cada vez que voy a la montaña me enseña algo de mí. Y no hay dos ascensiones iguales”. La próxima bandera de Rivas quisiera colocarla en el iraní Damavand, techo de Oriente Medio y volcán más alto de Asia (5.650 m).

 

 

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