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Juan Antonio Tinte: la vida entre lienzos

El pintor ripense, vecino desde 2003 y de origen vallecano, acumula una obra que supera los 1.500 cuadros, una treintena de premios y exposiciones en EEUU, China o Bélgica.

Juan Antonio Tinte: la vida entre lienzos
El artista plástico ripense Juan Antonio Tinte. MARIO F. TREJO

Su amor por la pintura lo luce, involuntariamente, hasta en el apellido. Juan Antonio Tinte Moreno, vallecano de nacimiento (1967) y ripense desde 2003, es un artista plástico contemporáneo que lleva más de 35 años en el oficio. Sus cuadros viajan hasta Pekín, Sanghái (China), Nueva York, Chicago (EEUU) o Gante (Bélgica). Y ya acumula más de una treintena de premios.

En su estudio de trabajo, la planta baja de su casa convertida en taller, descansan más de 1.500 obras. Y lienzos, tubos de óleos, pinceles, caballetes y paletas componen una hermosa selva de materiales que maravillan a quien accede a la “cueva” de Juan Antonio, que así llama él a su madriguera creativa.

Pero ese laboratorio no lo habita solo Juan Antonio. El maestro convive con un personaje que duerme entre los bastidores del taller desde hace más de una década: la señorita Pinckelton. “Es un personaje creado para empatizar con el universo femenino. Tiene una clave en forma de persona física y real, Hedy Lamarr [actriz e inventora austríaca, 1914-2000]. A raíz de toda su biografía y vida, surge la señorita Pickelton, desde su faceta como actriz y como inventora”.

En torno a esa mujer gira la obra de Tinte: “La señorita Pinckelton guarda los clichés de un prototipo de chica, con una serie de atuendos y vestidos, pero que solo interactúa con el espacio y ella misma”. Y añade: “Yo profeso verdadera admiración por la pintura tardogótica y del principio del Renacimiento [y cita a Giotto], donde el colorido me parece espectacular y los no espacios son un verdadero delirio. Y eso lo bebo y adapto a un sentido particular y contemporáneo, de donde surgen las iconografías que empleo”.

En este tiempo, el personaje ha evolucionado. En una muestra de 2014, por ejemplo, terminaba muerta. “Mis exposiciones siempre tienen un recorrido y relato”, aclara. Después, Pinckelton se desvinculó de Hedy Lamarr, aunque “siempre se ha mantenido como un referente”. Tras desdibujarse y ser “una sombra de sí misma” consecuencia de violencias machistas y “manadas” que no “la dejan ser”, salió de las “sombras” para adquirir un perfil de lucha, al estilo iconográfico de las milicianas de la segunda guerra mundial y posguerra. En los últimos cuadros se la ve portando un fusil, mudando el atuendo. Y Tinte señala un lienzo que reposa en la pared: “En esa obra está cambiando el bolso por un fusil”.

Pero la señorita Pinckelton prosigue su viaje. Y en mayo reaparecerá en Madrid, en la galería Begoña Malone (calle de Pelayo, 50). Sin armas ya. “Ni fusil ni leches. Ha decidido hacer lo que le dé gana. Y en eso está”. ¿El nuevo atavío? Que lo descubra el público en la muestra: su creador prefiere no desvelar.

ANTES DE PINCKELTON
¿Y qué había antes de Pinckelton? “Personajes más abstractos y elementales. Quienes nos dedicamos al arte pasamos por etapas”. Y recuerda, humorado: “Yo también transité al principio por mi etapa hiperrealista y la cubrí cuanto antes”.

¿Ha encontrado la pincelada definitiva? “De eso deben hablar otros. No yo. Siempre llegas a un lugar, pero no es el definitivo. Dicen que se ve una pieza entre mil y se sabe que es mía. Siempre pintas lo mismo, aunque parezca que no. Estás en un mismo sitio, aunque desde ubicaciones distintas. Tú eres tú, cambia el escenario, y eso mitiga tu incertidumbre y ansiedad”.

Pero paradójicamente, algunos galeristas le han trasmitido que no pueden ubicarle. Y lo que, a priori, parece el sueño de cualquier artista, “que no te puedan clasificar, porque significa que haces algo completamente distinto”, se convierte en traba: “Eso está muy bien en la teoría, pero en la práctica genera problemas: las galerías suelen buscar analogías para justificar sus tendencias y determinadas etapas dentro de su línea expositiva. Es mucho más fácil que te llamen si haces algo que se parece a otro”.

Cuando se le pregunta qué cuesta más a la hora de crear, responde rápido: “Pensar”. Y lo reitera: “Pensar, pensar, pensar”. En su estudio, donde hoy ha desembarcado a las seis de la mañana y puede que permanezca hasta la una de la madrugada, no solo ejecuta: “Aquí lo hago todo: pienso, genero composiciones e investigo materiales”.

Doctor en Bellas Artes, Juan Antonio es profesor en la Facultad de Bellas Artes desde 2008, en la Universidad Complutense de Madrid. Imparte la asignatura Fundamentos de Pintura. “Enseño toda la teoría del color y procedimientos. Pero todo eso lo trabajo a través de proyectos donde al alumnado le pido que tenga presente el pensamiento contemporáneo, la filosofía y la política”.

Aunque hoy se prodiga en la pintura, inició su trayectoria a mediados de los años 80 en la disciplina de escultura y fundición en bronce. También ha ejercido la crítica de arte: su firma acompaña numerosos artículos en la revista ‘El punto de las artes’, hoy ya solo en versión digital.

EL PRADO Y LA CASA DE CAMPO
¿Y cuándo supo que quiso ser pintor? “No sé si lo sé todavía”, bromea. Pero en seguida nombra a sus progenitores: “Siempre hago referencia a mis padres, obreros de fábrica con mucha inquietud artística. Mi padre me llevaba al Museo del Prado a ver a los copistas. Y a la Casa de Campo a observar a la gente que pintaba al natural. Lo de la pintura lo tengo normalizado desde la infancia”.

Ya con 17 años conoció un taller, dirigido por una escultora, donde su presunción artística se hizo carne: primero fue el barro. Y aquellas primeras sensaciones creativas, al estilo de la magdalena de Marcel Proust, las retiene en su interior, en forma de percepciones que evocan recuerdos: “Hoy sigo oliendo el lienzo antes de iniciar una obra. Quien pinte sabe de lo que hablo. Son sensaciones extrañas, difíciles de explicar, pero con ellas sabes que estás en el sitio donde tienes que estar”.

Y con todo, a Tinte, a veces, le devora cierta incertidumbre. “Todos los días me digo que voy a dejar de pintar”. ¿Por qué? “Esto tiene un punto horroroso. Si te crees que lo tienes dominado, te mientes. Nunca lo tienes dominado”, confiesa el creador de la señorita Pinckelton.

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