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Salvador Calvo: “El cine es un arma para evitar la desinformación”

Entrevista con el ganador del Goya 2021 a la mejor dirección, que pasó por Rivas para dar una charla en el Festival de Cine.

Salvador Calvo: “El cine es un arma para evitar la desinformación”
El cineasta madrileño Salvador Calvo, ganador del Goya 2021 a la mejor dirección por 'Adú', con Anna Castillo y Luis Tosar. MANOLO PAVÓN

Hace doce años abordó su primera incursión en el cine. Estaba todo listo y a seis días del rodaje el proyecto se fue a pique. Lo siguió intentando y, el pasado febrero, recogió el premio Goya a la mejor dirección por su segundo largometraje, ‘Adú’ (2019). Salvador Calvo (Madrid, 1970) se curtió en las ficciones televisivas antes de dar el salto a la gran pantalla, momento que le llegó con ‘Los últimos de Filipinas’ (2016). Su vocación es la de contar grandes historias que toquen el corazón y la conciencia de la gente. Por eso, cuando su pareja, que fue voluntario de Acnur en Canarias durante el rodaje de ese primer largometraje de Calvo, le contó la historia del niño congoleño que las mafias de tráfico de órganos habían traído a España, el cineasta supo que algo así tenía que contarse. ‘Adú’ nació de ese relato, cruzado con el de un joven somalí que sufría abusos sexuales por parte de su tío, se prostituyó en Marruecos para poder llegar a España y, cuando al fin lo consiguió, murió de sida una semana después. Vivencias reales que atraviesan el alma y que el director madrileño las envía al gran público en forma de película taquillera. El pasado marzo, ofreció una charla en el Festival de Cine de Rivas, invitado por la asociación cultural Cinered. Días después, atendió por teléfono a ‘Rivas al Día’.

¿Ha podido percibir ese ambiente cinematográfico que se respira en Rivas?

Conocía el Festival de Cine porque el año pasado mi corto ‘Maras’ fue seleccionado, y por la pandemia no pude ir a presentarlo. Pero no sabía tanto de la tradición que hay con el cine y me gustó mucho ver cómo la ciudad se vuelca desde abajo, desde la educación, algo que dará sus frutos en un futuro.

Este tipo de festivales locales son también un buen escaparate para darse a conocer.

Sí, son muy necesarios. Ayudan a tejer el futuro de cineastas, a que se formen. Al final lo que se premia es que siga haciendo cine gente que está empezando y ¿quién sabe? un año estas presentando un corto y al año siguiente estas impartiendo una clase.

En Rivas tiene mucho auge la sección local del Festival de Cine, con cortos realizados con teléfonos móviles, en su mayoría. ¿Pasa por ahí el futuro de la creación de ficciones?

Desde luego lo que fomenta es que la gente se familiarice con el lenguaje audiovisual y cinematográfico y comiencen a contar historias, que es lo importante, no la forma en que las contamos. Si el futuro está en los móviles no lo sé, probablemente tengan cada vez más poder, pero sí es verdad que van a servir de base para que gente que está empezando adquiera esos lenguajes.

En 2016 da el salto al cine con ‘Los últimos de Filipinas’. ¿Cómo lo logró?

En 2008 intenté una película que se cayó a seis días de empezar a rodar. Hacía mucho tiempo que lo intentaba. No es tan fácil, al menos para mí no lo ha sido. Me dijeron que Cerezo [Enrique Cerezo, productor de cine] buscaba hacer un ‘remake’ de ‘Los últimos de Filipinas’. A través de Pedro Costa, mi mentor, al que dediqué el Goya, supe que había una oportunidad de meterme. Nos reunimos con el guionista y Cerezo nos dijo que estaba abierto a ver opciones, ya que lo había intentado varias veces sin llegar a más. Propusimos hacer nuestra propia versión de los hechos, coger el hecho histórico y convertirlo en un alegato contra las guerras. Fue una película muy comprometida, que hablaba del sinsentido de las guerras y que, aunque muchos las quieran justificar con banderas, lo que hay detrás son intereses económicos y quienes acuden a ellas son siempre los pobres.

¿Qué poder tiene el cine para agitar conciencias y producir cambios de calado?

Muchísimo. Es un arma que debemos utilizar para evitar la desinformación. Y más ahora, con partidos de posiciones muy radicales que están desinformando, con mensajes del tipo “nos invaden”. Queríamos acabar con ese mensaje y la forma es poniéndole caras a las personas que cruzan [el estrecho de Gibraltar]. En el momento en que personalizas y te paras en dos personas como Adú y Massar, cómo les va a negar a esos niños la posibilidad de aspirar a un mundo mejor. Ahí se desmontan todas esas mentiras.

El tema de la inmigración abordado en una cinta para el gran público con un mensaje que llega incluso a quienes jamás se habrían detenido a escuchar estas historias.

Este tipo de películas no se suelen hacer para el gran público. De hecho tuvimos nuestros más y menos con los productores porque no terminaban de creerse que pudiera ser una peli taquillera. Pero demostramos que se pueden contar este tipo de historias y llegar a la gente. El cine comprometido puede ser igual de taquillero que una comedia.

Cuando su pareja le contó la historia del niño congoleño y del chico somalí, ¿nació enseguida esa necesidad de narrarlas?

Sí, ya volví de Canarias, del rodaje de ‘Los últimos de Filipinas’, con la idea de que había que denunciar lo que está ocurriendo. Sobre todo porque socialmente hemos conseguido anestesiarnos con las cifras. Hasta el punto que te dicen “hoy han muerto 215 por la pandemia”, y piensas, qué bien, han bajado cinco desde ayer. Pero son 215 personas. Sin embargo, cuando te enteras que se ha muerto la niña [Nabody] a la que vimos en el telediario hace una semana cómo le hacían el masaje cardiaco en el puerto entonces eso te duele. Hay que ponerles cara, y ya no te dan igual. Esa es una de las misiones del cine, el poder entrar por un agujerito y ver la vida de personas como Adú y Massar y darte cuenta lo importante que es que sobrevivan y puedan aspirar a algo mejor.

¿Cuesta a veces dar con esas grandes historias?

En la realidad que nos rodea hay muchas y solo hay que fijarse. Recuerdo ‘Niños robados’ [miniserie que Calvo dirigió en 2012], que es un caso por el que la ONU nos ha dado un toque de atención porque no se ha investigado nada. Nos rodean miles de historias apasionantes, de injusticias, y solo hay que pararse a pensar cómo darles forma. No digo que sea fácil, pero hay mucho que contar.

El año pandémico que hemos atravesado deja muchas de esas vivencias increíbles.

Tengo ya una que me han contado y es acojonante, merece una película, pero veo algo reciente meterme ahí. O Igual no y hay que hacerlo ya pero yo ahora personalmente solo tengo ganas de salir de esto, como todo el mundo. La primera ola paró el tiempo, fue extraño y atroz, pero tuvo algo de mágico eso de volver a lo básico, a estar con tu familia. Pero la segunda y tercera dejan un cansancio tremendo y estamos deseando que acabe para poder volver a abrazarnos.

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