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Héctor Alterio: "Seguimos en la Roma de Claudio"
El actor argentino, a sus 74 años, saborea las mieles del éxito por su interpretación en 'Yo, Claudio', que representa en el auditorio Pilar Bardem.
7 de enero de 2005
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Entrevista: Nacho Abad Andújar

Ha batido el récord de espectadores del festival de Mérida con una interpretación memorable. "Nunca me había pasado una cosa así. Logramos concitar la atención de 18.000 espectadores que cubrieron las ocho funciones. No había tenido la posibilidad de ofertar mi trabajo ante tanto público. Y eso se convirtió en una fiesta cada noche", dice feliz Héctor Alterio.

El actor argentino, a sus 74 años, saborea las mieles del éxito por su interpretación en 'Yo, Claudio', donde encarna a un emperador despreciado por su corte, que pese a sus discapacidades -"es cojo, tartamudo, sordo y algunos creen que tonto"- esconde cualidades insospechadas.

El prodigioso despliegue de técnica de Alterio ha conseguido que el público incorpore a su memoria cultural su actuación gloriosa. Un reto difícil por el recuerdo de la célebre interpretación de Derek Jacobi en la serie británica de la BBC, que adaptó la novela de Robert Graves, alcanzando unas cotas de popularidad altísimas en la década de los ochenta. Ahora, el libro ha sido adaptado por Alonso de Santos en un trabajo titánico que concentra 2.000 páginas en dos horas y media de función. La obra llega a Rivas el próximo 28 de enero.

Alterio regresa al teatro ocho años después. Reconoce que no revisó la versión televisiva hasta después del inolvidable estreno de Mérida, cuando su hija le regaló la serie: "En un principio creía que era una crítica a mi trabajo", cuenta burlón. Este argentino, protagonista de películas como 'La historia oficial' (Oscar en 1986), 'El hijo de la novia' o 'A un dios desconocido', lleva 30 años residiendo en nuestro país. Un día tuvo que hacer las maletas, cruzar el charco y exiliarse por ser amenazado de muerte por la Triple A, un grupo paramilitar de ultraderecha que actuó durante el gobierno de María Isabel Martínez de Perón, viuda del tres veces presidente del país, Juan Perón, en el preludio de lo que luego sería una de las dictaduras más cruentas de América Latina, la de los militares dirigidos por Videla (1976-1983).

Alterio asegura que la Roma de Claudio se proyecta en el orden mundial actual. La codicia, la guerra, la enfermedad y la traición nos siguen retratando. "Basta con mirar a Irak o Palestina", dice. Y es que ya lo decía el tango, "que el mundo es un despliegue de maldades insolentes no hay quien lo niegue".

P. ¿Qué ha aprendido del personaje?

R. La necesidad de subsistir con tal de evitar el dolor. Siendo él republicano convencido, tiene que acceder a ser monárquico. Con el hándicap de que es tartamudo, sordo, cojo y tonto, acentuado por la posibilidad de crear alrededor lástima y simpatía al mismo tiempo. Es un personaje aparentemente inofensivo para el resto de los poderosos que vivían en su época. Sus deficiencias le proporcionaban la posibilidad de salvarse de la muerte, que era un hecho corriente en esa época. Con la puesta en escena tratamos hacer una versión honesta de la versión de Graves.

P. ¿Cómo es el Claudio que interpreta?

R. Es un personaje con enorme atractivo para cualquier actor, por sus contradicciones y por su vigencia desde el punto de vista ideológico. La obra alerta sobre la xenofobia, el enquistamiento en el poder o la necesidad de matar a alguien por no pensar como uno, cosas que el ser humano aún no ha superado. Nos hemos superado sólo en tecnología. Basta con echar una mirada a Israel, Palestina o Irak.

P. Somos los mismos primates que hace 2.000 años.

R. Exactamente. Sólo que vivimos un poco más y un poco mejor en sentido material. Pero seguimos con estas deficiencias que hace que el mundo esté como está. Mira las barbaries que hacemos, y otras ante las que cerremos los ojos. Lo que me enamoró desde un primer momento de la obra son las contradicciones que la habitan.

P. El éxito obtenido, ¿es un hito en su carrera o una muesca más en la hebilla del cinturón?

R. No me había sucedido nunca. A partir de ese momento estoy en plena luna de miel con el personaje. La gente que acudió al festival de Mérida procedía de toda España, gente que ama el teatro y venía en autocares. Era una fiesta multicolor cuando se encendían las luces de la grada y veías las camisas veraniegas de los espectadores. Lo tengo como una grata fotografía en la memoria. Y partir de ahí se han sucedido las representaciones, y llevamos 70 representaciones. Las piedras del teatro de Mérida nos cobijaban. Los teatros están vendidos con anticipación. Ocurre que en estos momentos uno quiere verbalizar lo que ha ocurrido y teme caer en la vanidad, pero se trata de una realidad constatable.

P. Alonso de Santos ha realizado un trabajo de síntesis con dos espadas de Damocles sobre la cabeza: la propia novela y la celebérrima serie televisiva de la BBC. ¿Es un lastre el recuerdo que planea sobre la obra o una ayuda para meter al público en argumento?

R. No es ningún lastre. Mi memoria retrocede a la versión que yo tenía de la BBC. Pero no tuve mucho interés en verla. Estuve a un tris de comprarla, pero me retuve. Y estrenamos. Y a los 15 días, mi hija me la regala en CD y esto me acomplejó bastante, porque pensaba que me lo regalaba para aprender cómo tenía que actuar. Y la vi. Y mantuve mi admiración por este genial actor que es Jacobi. Pero la vi un poco pobre de realización, más allá de la maravillosa actuación de sus geniales actores.

P. Alonso de Santos ha dicho que la obra nos hace algunas preguntas sobre si es posible que algún día reinen entre nosotros la piedad, el amor, la bondad y la justicia.

R. Fantaseo con tantas cosas, ¿por qué no voy a fantasear con esta? Cada ser humano idealiza en utopías y se regodea en creer que puede haber un mundo mejor. Y yo desearía poder vivirlo.

P. ¿Hasta qué punto un actor incorpora a su vida un personaje?

R. No tengo problemas al respecto. Hago mi trabajo lo más honestamente posible. Trato de que mi verdad llegue al público para que se crea lo que interpreto. Con mi trabajo me estoy ofertando a un ser desconocido, que no he visto ni veré en mi vida, pero que ha dispuesto de dos horas de su tiempo pagando un dinero del cual yo vivo. Y se sienta pasivamente en una butaca y espera que lo emocionen, lo diviertan o, incluso, lo fastidien. Y después termino mi función y empieza mi vida normal. No me altera más allá de la preocupación de mi trabajo, que, a veces, se agudiza y otras no. No me altera nada, ni siquiera la repetición de la tartamudez de Claudio (risas).

P. Ocho años sin subirse a las tablas para reaparecer triunfalmente en Mérida. El cine da más dinero, pero en el teatro dicen que hay más verdad.

R. Para mí hay verdad o mentira según cómo se encare el trabajo. Alrededor de una película hay demasiado dinero, cierto. Pero tanto el teatro como el cine pueden ser tramposos. Ahora, para mí, como actor, es más importante el trabajo en el teatro que en cine o televisión. Porque me permite ser patrón y dueño de mi trabajo y me da la posibilidad cada noche de mejorarme ante ese señor inédito que se sienta en la butaca.

P. Ahora parece que hay un boom en las pantallas españolas de cine argentino. ¿A qué se debe ese interés?

R. Es un cambio generacional que se produce en mi país. Y esa gente toma el testigo del reemplazo nuestro. Se han agotado nuestras posibilidades y viene gente con sangre nueva, con otra visión y criterio. Y afortunadamente le están dando un impulso a la industria Argentina que siempre fue muy endeble.

P. ¿Cómo valora los esfuerzos de los presidentes chilenos y argentinos por recuperar la memoria histórica?

R. La memoria es algo que se tiene que mantener, es lo único que nos queda. No debemos repetir lo que dolorosamente nos tocó vivir. Y que se haga justicia, como está pasando con Pinochet y debe pasar con Videla y tantos otros que han cercenado a una generación entera, con tantos muertos, desaparecidos y robos... Es increíble que todo eso haya sucedido, parece una pesadilla. Estoy muy satisfecho, porque tanto en Chile como en Uruguay y Argentina, con los nuevos gobiernos, aparece una posibilidad de una pequeña rendija de esperanza que hace mucho tiempo estaba cerrada.

P. Lagos, Lula, Kichner... ¿Representan una coyuntura circunstancial en el calendario político de América Latina o asistimos al despertar de una nueva sensibilidad social y política?

R. Hay esperanza. Lo que citas es el Mercorsur, un mecanismo para hacer frente a tanto imperialismo que tenemos por ahí cerca.

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