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Juan Luis Galiardo, el actor contundente
Entrevista con el actor Juan Luis Galiardo, que interpreta en el auditorio Pilar Bardem la obra 'Un hombre de suerte'.
4 de diciembre de 2004
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Entrevista: Nacho Abad Andújar

Dos grandes de las artes españolas, el portentoso actor Juan Luis Galiardo y el director José Luis García Sánchez, llegan a Rivas Vaciamadrid. El auditorio Pilar Bardem acoge el sábado 18 de diciembre (20 horas, 10 euros) la obra 'Un hombre con suerte'. Se trata de un monólogo de José Luis Alonso, con el que llevan un año recorriendo teatros de media España, con 120 representaciones anuales.

El protagonista de películas como Madregilda, Familia o Suspiros de España y Portugal encarna ahora a un tipo que se enfrenta con su vida, haciendo balance de su pasado y sus sueños, trayendo a escena amores, amistades, trabajo y familia. Otra figura artística, el pintor Eduardo Úrculo, fallecido en 2003, revive en las tablas. Suyo es el traje que porta Galiardo y el cartel de promoción de la obra.

De García Sánchez, Galiardo dice que es un director de los que quieren trabajar con actores, porque los hay que "sólo quieren contar historias de su vanidad y su mundo". "Ésos directores son los que han echado al público del teatro, porque no se han acercado al alma del actor. Y si no te acercas al alma del actor, no te acercas al alma del espectador", explica.

P. ¿Qué se encontrarán los ciudadanos de Rivas que vayan a ver 'Un hombre con suerte'?

R. El teatro es un ejercicio, aunque lo que se pudiera contar no fuera interesante, para desarrollar el hábito de escuchar. Un ejercicio que hoy está poco desarrollado, porque en los colegios, públicos o privados, la filosofía ha sido erradicada del estudio escolar. 'Un hombre de suerte' cuenta la historia de una familia, es el desnudo de un hombre que rinde cuentas con su pasado.

P. El personaje se ríe de sí mismo, algo necesario para no caer en la locura, dice el autor, José Luis Alonso.

R. Un hombre con suerte tiene la virtud de parecerse a la vida y el tono de la obra en la reflexión del personaje es tragicómico. Pero en esta tierra nuestra llamada España se llama humor a la posibilidad de reírse de los demás, en vez de reírse con los demás. Ese humor que tiene color de erupto animal. El humor es algo que pasa por la sonrisa, y no por la carcajada de los personajes hambrientos de dolor y que necesitan eruptar. El humor es algo más suave. Esta función no es humor ni comedia para los deseos de los televidentes de 'Ana y los 7'.

P. ¿A quién pertenece más un personaje: al autor, al director o al actor?

R. El personaje pertenece, en principio, al autor. Luego, el autor y el director trabajan para desarrollar el texto. Y con el tiempo, el actor va haciéndose dueño de los sentimientos y emociones que no estaban en él. Porque es el público el que participa y compone, ya con el actor, la función de cada día. Al final, el teatro lo poseen el actor y el público.

P. La grandeza del teatro, ¿reside en que cada representación es un acto irrepetible y único?

R. Exactamente. Por eso el teatro es mágico, porque cada día la función es distinta.

P. ¿Dónde hay más verdad, en el teatro o en el cine?

R. El cine tiene mucha manipulación: desde la creación del guión hasta la financiación de la película. Muchas películas han traicionado a los guiones originales por falta de presupuesto. Sólo de vez en cuando, se convierte una película en algo que tiene que ver con el arte. En cambio, en el teatro, el hecho físico, aunque sea la comedia más deleznable y de intenciones más bastardas de poner en pie una función, termina siendo hasta un acto de verdad.

P. La gente no va al teatro, ¿porque la cartelera es mala o hay otros motivos?

R. ¿La cartelera puede influir? Posiblemente. Lo que está claro es que el ciudadano de hoy en día, gran consumidor de televisión, es el individuo que sale a las siete de la mañana para desplazarse al trabajo, y sale de un lugar donde duda mucho si le ha apetecido pasar la noche. Tiene grandes dudas. Tarda hora y media en llegar a otro sitio que le horripila, el trabajo. Y a las siete de la tarde regresa. Ese individuo se coloca ante la televisión. Y lo que recibe no es un acto de reflexión, sino unas imágenes en movimiento y unos sonidos con personajes que representen muchas más franjas estúpidas que la que él tiene de sí mismo. Él, en su subconsciente y al llegar a casa, piensa: `soy un imbécil¿, y en la pantalla aparecen otros más imbéciles, como Ana Obregón o el grande de Bonilla, que tiene un aspecto de estúpido tremendo. ¿Cómo van a ir al teatro cuando sus vidas están absolutamente basadas en un acto de horror?

P. ¿Y qué hacemos para darle más color a la vida?

R. Me imagino que hay que hacer, primero, la revolución, cosa que no se ha hecho en España. Aquí se ha hecho la Guerra Civil. Tenemos de las clases políticas más horrendas del mundo. Una clase política sin hacer. Vivimos en un país de servicios, que vive de su situación geopolítica favorable, y de una buena temperatura, de ser un país turístico. No se puede soportar tanta estupidez como comete nuestra clase política, que es lo peor de cada familia. Casi nadie cree en lo que hace. Todo es un ir y venir hacia el horror. Siento dar malas noticias.

P. La obra la dirige José Luis García Sánchez, un grande del cine español.

R. José Luis hace conmigo funciones de psiquiatra. Lo mismo te aplica un electrochoque que te da un bálsamo. Es una mezcla interesante. Es un director de esos que quieren trabajar con actores, en contraposición a los directores que sólo quieren contar historias de su vanidad y su mundo. Cuando un director quiere trabajar con un ser humano para que trasmita sentimientos variopintos, tiene que haber mucha cercanía. Tomando un café hablaríamos de los otros directores, de los que han echado al público del teatro, de los que desde su vanidad no se han acercado al alma del actor. Y si no te acercas al alma del actor, no te acercas al alma del espectador.

P. Se dice que Galiardo es un actor poco convencional.

R. Soy un actor básicamente producto de la indagación y la búsqueda de la sincera emoción, la que estoy buscando en la vida. Darle sentido a esto de condenados a nacer y no entender. Siempre que uses el teatro como una terapia de indagación de tus sentimientos termina convirtiéndose en algo poco usual, porque mucha gente se sube al escenario para hablar de su vanidades, de lo que le gustaría ser, no de lo que es. Yo sé que soy pequeño, y como todos los seres, me siento una cadena en la vida. No soy un acto aislado. Soy la cadena de vida y muerte que compone al género humano.

P. ¿Y cómo se ve la vida a los 64 años?

R. Mi vida la veo muy bien. La del estado de bienestar menos bien. Y desde luego me preocupa mucho la de mis nietos. Vivimos en este país nuestro una voracidad mimética con el capitalismo más feroz. Vivimos en una sociedad enferma de consumo y apariencias, donde casi a nadie le gusta estar.

P. ¿Y el mundo?

R. Malo.

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