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Viyuela: "En el teatro respiras con el público"
Entrevista con el actor, que integra el elenco de 'Mármol', obra de la irlandesa Marina Carr que se representa en Rivas el sábado 11 (20.00).
31 de enero de 2017
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Entrevista: Nacho Abad Andújar.

Dice el actor Pepe Viyuela (Logroño, 1963) que no puede pasar mucho tiempo fuera del escenario. "Me deprimo", reconoce por teléfono este licenciado en Filosofía que escribe poesía y cuya vocación interpretativa más profunda es la de clown: fue durante dos años presidente de la ONG Payasos Sin Fronteras.

A Rivas llega con la obra 'Mármol', un texto de la irlandesa Marina Carr, dirigido por Antón C. Guijosa y donde comparte cartel con Susana Hernández, Elena González y José Luis Alcobendas (sábado 11 de febrero, 20.00, auditorio Pilar Bardem; entradas por internet, aquí).

El cuarteto interpreta a dos parejas acomodadas, cuya aparente estabilidad afectiva se resquebraja cuando Art (Pepe Viyuela)  le cuenta a su amigo Ben (José Luis Alcobendas) que ha soñado con la mujer de éste, Catherine (Elena González). La situación se complica cuando ella también confiesa que, mientras duerme, experimenta gozosas fantasías eróticas con Art.

Pero que nadie se confunda: ni se trata de una comedia de enredo ni este Viyuela es el cándido tendero que hemos visto en la serie 'Aída' o el hilarante personaje cinematográfico de 'El milagro de P. Tinto' o 'Mortadelo y Filemón'. Como escribió Javier Vallejo, crítico de 'El País', su trabajo en 'Mármol' alcanza una "sobriedad escurialense".

Cuando se le dice que las entradas están casi todas vendidas, con varias semanas de antelación, comenta: "Me das una alegría tremenda. Se nota mucho cuando se gestiona bien un teatro, porque la venta va sola. Y parece que éste es el caso, felicidades".

Que no haya malentendidos: es una obra amarga, que habla de la insatisfacción humana, no una comedia tronchante.

Es importante que la genta sepa lo que va a ver. Por experiencia, sé que el hecho de estar yo en el cartel condiciona la percepción: seguro que será una comedia desternillante. Y no es una comedia al uso. Empieza con tintes de comedia y luego llega a unos territorios muy diferentes que yo, incluso, me atrevería a calificar de tragedia contemporánea.

Lo que no quiere decir que no merezca la pena.

Es la oportunidad de asistir a un texto finísimo e inteligente, muy bien urdido por Marina Carr, en el que nos damos por aludido todos y cada uno de los que lo leemos, vemos o interpretamos. Habla de algo universal: nuestra generaliza insatisfacción y los sueños que deseamos conseguir y nos harían la vida más feliz. Plantea hasta qué punto estaríamos dispuestos a arriesgar lo que tenemos a cambio de algo que no sabemos si, ni si quiera, vamos a poder alcanzar. Se exponen las dos posturas y ambas están muy bien defendidas.

En este caso, lo que se desea pone en peligro la vida en pareja.

En la función se habla de una estabilidad concebida por parte de dos matrimonios que viven una vida estupenda: con buen trabajo, hijos sanos¿ Tienen lo que, desde un punto de vista material, se puede desear en la vida. Pero el mundo de los sueños, de lo onírico, que aparentemente no tiene consistencia porque no se puede tocar (no es dinero, un coche o una casa), lo trastoca todo. En este caso, un sueño erótico materializado en un cambio de pareja que difícilmente se puede llevar a cabo sin cargarte todo lo demás.

Se plantea el dilema de renunciar a la realidad por perseguir un sueño.

Y eso es lo que enfrenta a los personajes. Hay personajes que creen que tienen derecho a hacer eso y hay personajes que piensan que hay que pensar en los demás, en todo aquel que se va a ver afectado por el paso que vas a dar, que no son pocas personas y, encima, las que más se suele querer: tu pareja, tus hijos¿ Hay un elemento poético en la función: los sueños [de Art y Anne] se producen simultáneamente: a la misma hora y sin apenas conocerse. Eso aumenta más esa mezcla de realismo con un aspecto mágico: los sueños se filtran en la realidad y la resquebrajan y destruyen.

¿Y Pepe Viyuela es partidario de convertir los deseos en realidad o más vale no aventurarse y mantener la línea de flotación?

En mi vida tengo ejemplos de comportamientos de los dos casos. Pero, si me apuras, creo que soy, teóricamente, de la opinión de que hay que arriesgar. Sólo vivimos una vez. Si los sueños están en nosotros es por algo. Tenemos un anhelo y hay que intentarlo. Es cierto que hay que mirar alrededor y calcular bien los daños que vas a causar a otros. Porque si el sueño sólo te afecta a ti y el único que se arriesga eres tú, decididamente hay que intentarlo. Si son otros a quienes puede afectar, entonces hay que pensárselo un poco más. En principio, soy proclive a pensar que en la vida hay que intentar lo que uno desea. Hay que luchar, apostar por ello y que te quiten lo bailado después.

¿Las parejas salen del teatro mirándose de reojo?

Sabemos que se generan muchos debates. Se oyen comentarios muy divertidos. Parejas que se levantan diciendo: 'Ya tenemos tarea para casa. Ahora tenemos que hablar'. Y desde un punto de vista lúdico, ni sufriente ni doliente. Si te quedas con la mosca detrás de la oreja es porque ya la tenías antes. El teatro sólo pone delante los temas que ya están dentro de nosotros, por eso nos sentimos apelados y reflejados. En el fondo, de quienes hablan los personajes es de nosotros mismos. Por eso el teatro no ha muerto y tiene tanto futuro.

Incluso en una época de tecnología absoluta.

El teatro es una representación medio sagrada, casi religiosa, que empieza en un momento determinado con los griegos hablando de dioses y mitos y continúa hoy con un componente ritual y ceremonial que no puede tener nunca el cine o la televisión. El teatro es un espectáculo vivo. Oímos y respiramos con el público ese instante que compartimos. Y el espectador nunca se puede sustraer a esa sensación de ser él mismo quien está hablando por boca de unos personajes u otros.

Porque usted asegura que el teatro es su estado natural en la interpretación. Es, por lo menos, lo que más me gusta.

Es donde empecé y lo que me enganchó. Con el paso de los años, he ido queriéndolo y disfrutándolo más. Y, a pesar de estar en determinados momentos haciendo tele o cine, me he mantenido siempre cerca [de las tablas] por una cuestión de placer y disfrute, porque me lo paso bien desde el primer momento que me proponen un texto y empezamos a leerlo. Es una experiencia que no me quiero perder. Quiero seguir con ello toda mi vida.

Y, por su puesto, con el payaso que siempre ha sido.

Dentro de lo que es la interpretación, el teatro. Y dentro de lo que es subirse a un escenario, el personaje que yo elegiría es el de payaso. Porque dentro del payaso hago todo lo que he comentado antes y, además, creo un personaje propio con el que me siento muy libre, con el que empatizo muchísimo. Por fortuna, no tengo que elegir y puedo hacer de todo.

¿Y sigue viajando como antes a zonas donde se vive el drama de la guerra o el exilio?

El último viaje que hice fue al Kurdistán en mayo de 2016. Estuvimos visitando y actuando en campos de refugiados. Es otras de las actividades que no quiero dejar de hacer mientras pueda. El trabajo de Payasos Sin Fronteras no para. Quiero viajar una vez al año y no olvidarme de eso. Es una forma de contribuir humildemente a poner un granito de arena para que el mundo esté un poco mejor. Un testimonio de ayuda y solidaridad, con temas tan sangrantes como es ahora el de los refugiados, que me parece cruento.

¿Y cómo vuelve de esos viajes?

Tocado, desequilibrado al ver la realidad que ya sabes que existe, pero la notas tuya. Te sientes parte de ese problema con la ventaja de que te puedes volver a casa. Ellos, no. Ellos se quedan en el campo viviendo una situación atroz. Yo me siento involucrado en el problema. Creo que soy causante de él también. Y mucho más causante si no hago nada por solucionarlo de alguna manera. Vuelves mal, pero al mismo tiempo deseoso de seguir implicado, de seguir contando esa situación, luchando por que cambie, de seguir participando en iniciativas y promoverlas.

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