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Juan Mayorga regresa a Rivas con 'Reikiavik'
El dramaturgo ha escrito y dirige la obra sobre el duelo entre Bobby Fischer y Boris Spassky de 1972. Con César Sarachu, Daniel Albaladejo y Elena Rayos.
25 de enero de 2016
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Entrevista: Patricia Campelo

'REIKIAVIK'. SÁBADO 27 / 20.00. Auditorio Pilar Bardem. 12 euros (ver descuentos). Venta: entradas.rivasciudad.es y taquilla (jueves y viernes, de 18.00 a 20.00).

Responde al teléfono desde un parque madrileño, el de Fuente del Berro, parecido a aquel otro donde visualizó en su día la obra con la que llega el próximo sábado 27 de enero al auditorio Pilar Bardem, 'Reikiavik'.

Dos hombres "separados por una mesa y unidos por un tablero" jugaban al ajedrez al aire libre. Y entonces, una historia que siempre ha acompañado a Juan Mayorga (Madrid, 1965) pidió paso: la del combate de ajedrez entre el ruso Boris Spassky y el estadounidense Bobby Fischer en Reikiavik (Islandia) en 1972, en plena Guerra Fría.

Dos personajes de ficción, Bailén y Waterloo, interpretados por César Sarachu y Daniel Albadalejo, recrean aquellas jugadas ante la expectación de un muchacho encarnado por Elena Rayos. Sobre el escenario, tres actores pero muchos personajes que cobran vida para transmitir episodios históricos y personales que rodearon aquel combate de ajedrez, elevado a batalla política de aquel mundo polarizado.

¿Ha sido fiel a su propio texto a la hora de dirigir o ha incorporado nuevos elementos?

El texto ha sido sacudido por la experiencia de la puesta en escenas y los ensayos. A mi juicio, ha mejorado, es más complejo y, al mismo tiempo, más sencillo; en todo caso, más teatral. Cuando uno pone en pie un texto va descubriendo posibilidades que en la soledad del gabinete no se le ocurren. Ha sido fundamental la colaboración de estos actores estupendos, que se han arriesgado a trabajar sabiendo que la obra era inestable y se tensionaba en el proceso de la puesta en escena.

¿Debe el texto teatral tener vida propia más allá de su autor?

Esa es mi experiencia permanente. Ahora vengo de Brasil de ver mi obra 'La paz perpetua', y me doy cuenta de cómo, cada vez que prsencio un espectáculo basado en un texto mío, se confirma mi percepción de que se observan cosas que el autor desconoce. Siempre hay misterios. El otro día pensaba que poco a poco voy entendiendo lo que he escrito y son los otros los que me lo hacen entender, a través de sus puestas en escena, de sus lecturas e interpretaciones.

Cuando se celebró el combate entre Fischer y Spassky usted tenía siete años. ¿Recuerda algo de aquel momento?

Tengo recuerdos vagos que pueden ser, hasta cierto punto, inventados. Puede que me recuerde viendo alguna imagen en la televisión e igual no había televisión en mi casa. Lo comento porque tiene que ver con la obra. Uno de los temas es hasta qué punto el pasado es imprevisible y abierto. Ocurre que creo tener imágenes de aquel duelo en el que dos grandes virtuosos del ajedrez jugaron unas partidas elevadas a combate simbólico entre las dos naciones más poderosas de la tierra. Lo que sí es verdad es que, conforme me fui haciendo mayor, Fischer y Spassky no dejaban de acompañarme. Cada poco recibíamos alguna noticia de aquellos dos personajes. Y también nos fuimos dando cuenta de cómo iban cayendo en el ostracismo en sus propias sociedades. Esto me ha resultado muy emocionante.

¿Usted juega al ajedrez?

Me enseñó mi padre siendo pequeño, y nunca he dejado de jugar, pero siempre de forma muy modesta, perdiendo con los buenos. Me fascina la brillantez de una bella jugada, y también todo lo que rodea al ajedrez. Es un mundo de grandes pasiones, en que un hombre puede atesorar en su cabeza no solo las partidas donde participa, sino las de jugadores de hace 200 años. Y puede, de pronto, observar un tablero y ver una configuración de piezas que para no-sotros solo son un montón de trozos de madera pero él reconoce una situación de amenaza que le hace pensar en una partida que igual jugaron otros hace 150 años. Es un mundo de memoria, imaginación y violencia: no hay contacto físico, pero victorias y derrotas se viven con intensidad.

¿Era importante que el reparto fuera aficionado al ajedrez?

Daniel [Albadalejo] ha sido un buen jugador. César [Sarachu] y Elena [Rayos] creo que no tanto, pero en todo caso los tres han llegado al misterio y a la pasión por el ajedrez. Y sobre todo son tres grandes actores muy ambiciosos. Hay un concepto importante en este juego que también está en la obra, el de variante: la desviación respecto de una jugada preestablecida o ensayada. En el espectáculo los personajes introducen variantes, pero también los actores lo hacen en el sentido de que una función no es siempre la misma.

No se ha detenido en la reconstrucción histórica de lo que sucedió en Reikiavik en 1972, sino en cómo lo siguen viviendo dos personajes. ¿Por qué ha escogido esta forma de narrar?

Lo que se presenta, a la hora de la verdad, es ese juego entre ambos, que fue decisivo para mí. Tenía desde hace años el deseo de narrar aquel enfrentamiento, pero lo revelador fue cuando, en cierto momento, estando en un parque como éste desde el que hablo, vi a dos hombres separados y unidos por un tablero, y no vi que jugaran al ajedrez, sino que reconstruían cada día de una manera distinta Reikiavik. Y ahí la obra saltó a otro plano, que ya no era sobre el ajedrez, sino sobre el valor del juego de nuestras vidas y sobre la pasión de imaginarse uno mismo en la vida de otros.

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